Nuestro idioma es, sin duda, el mejor y más completo, permite crear poesías

holísticas y holística poética.
Arturo Alejandro Muñoz
Y el poeta –gracias Pablo- escribió su homenaje a las palabras, al castellano,
al mejor de los idiomas…pase y lea querido amigo:
<<Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los
conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas
cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, tabaco negro,
oro, maíz con un apetito voraz.
<<Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… Pero a
los conquistadores se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos,
como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí,
resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… salimos ganando. Se
llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se llevaron mucho y nos dejaron
mucho…
<<Nos dejaron las palabras>>
La belleza de nuestro idioma está adherida al ‘ser latino y ser hispano’ como
la hiedra a la roca. Es parte de nuestra identidad. Nos representa. Sin embargo,
muchas veces maltratamos a nuestra propia lengua y la globalizamos en
demasía, permitiendo que pierda no sólo presencia, sino también identidad.
Nuestro idioma es poético, logra construir frases de belleza inigualable con un
vocabulario riquísimo que es difícil de atesorar en su total dimensión. Por ello
debemos cuidarlo, protegerlo, utilizarlo. Y por cierto, enriquecerlo también.
Es posible que lo mío se trate de una deformación profesional, lo cual no es
infrecuente en muchos egresados de estudios pertenecientes al área de las
ciencias sociales, pues siempre han hecho fuerza en mi espíritu los inicios –las
primeras líneas- de aquellos libros que he leído, así como también
determinadas estrofas de algunas poesías, pero, extrañamente, son libros y
poemas que han surgido de las plumas de grandes maestros de la escritura,
todos ellos de habla hispana.
Entiendo y acepto que el castellano usado hoy, dista de aquel que se
acostumbraba normalmente hace uno o dos siglos atrás. No pocas veces dan
deseos de recuperar lo perdido, lo olvidado, aunque muchos de nuestros
hermanos queden en la intemperie, asfixiados por no poder entender palabras
y conceptos pertenecientes a esta vieja y digna lengua.
En ocasiones, vuelvo a los viejos textos en procura de alimento lingüístico, de
nutriente idiomático, de la raigambre que me interpreta y representa. Así
entonces, el sonido dulce e imantado de las inmortales e imperecederas
estrofas escritas por enormes vates nuestros, se pegan y adhieren a mi piel,
escalando hasta mi mente horadándola para construir fantástico camino hacia
mi alma.
Y recuerdo…y disfruto…y comienzo a leer. Es García Lorca quien primero
viene a mi encuentro en la ribera del Guadalquivir, a la vez que, ante mis
asombrados ojos, declama con pasión gitana una de sus inolvidables estrofas.
El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.
Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa, ecuestre,
salta los montes de plomo.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.
Antonio, ¿quién eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre con cinco chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.
¡Se acabaron los gitanos
que iban por el monte solos!
Están los viejos cuchillos
tiritando bajo el polvo.
Desde Nicaragua, Rubén Darío interviene seduciéndonos con algunas de sus
líneas.
Amar, amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo;
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!
Entonces, casi abruptamente, Neruda aparece entre las encrespadas olas que
besan, furiosas, su mejor sitio de paz, Isla Negra, regalándonos aquellas letras
que escapaban de las barbas de los toscos conquistadores.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
La tierna voz de una mujer se impone entre todas las voces y todas las
letras. Es la maestra, la luchadora, la forjadora de sueños, herrera de versos.
Gabriela Mistral, cuyo nombre real fue Lucila Godoy Alcayaga, poeta,
pedagoga y diplomática chilena; la primer mujer de Iberoamérica que obtuvo
el Premio Nobel de Literatura de 1945 y que dejó un gran legado para la
enseñanza y la educación pública, pero también para las letras de América
Latina.
Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!
¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!
El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;
que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.
Sed, puesto que marcháis
por los caminos rectos,
heroicos como sois
perfectos.
Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!
Lo dicho…bello idioma el nuestro, maravillosa lengua…tan maltratada a
veces por nosotros mismos.
Al cerrar estas líneas me sacude un recuerdo de mi época de profesor. ¿El
lugar?, una escuelita pública en barrio obrero. ¿Mis alumnos?, mozalbetes
inquietos deseosos de dejar el salón para conquistar el amplio patio donde
nacían y renacían momentos de carreras, gritos, bromas y empellones.
Hablábamos de la hispanidad, de su nacimiento, su historia desde la época
visigoda y la invasión de las legiones romanas, de su expansión por el mundo
y su incuestionable aporte a la cultura de la humanidad. ¿Dónde nació el
castellano?, recuerdo que pregunté.
Casi en coro, muchos chicos gritaron, “en España, profesor”.
“No, eso es falso”…una voz de sonido alegre enmudeció a todos.
Un chiquillo delgado, de rostro moreno, ojos vivaces y sonrientes, con su
brazo aún alzado para acaparar mi atención, repitió la frase de inicio: “no, eso
es falso, profesor”.
– ¿Falso? ¿Y si no nació en Castilla, o en León, o en Aragón, dónde crees que
tú que nació nuestro idioma?
– Bah, donde nacieron todos los idiomas –respondió con seguridad el
mozalbete.
– ¿Y eso dónde está, dónde queda? –pregunté divertido
– En Babel pues profesor, en la Torre de Babel.
El sonoro retintín del timbre anunciando hora de recreo vino en mi auxilio.
Como estampida de búfalos la chiquillada escapó del salón en procura de las
aventuras que ofrecía el amplio patio.
Yo quedé sentado ante mi mesa de maestro en profunda reflexión. Babel. La
Torre de Babel…claro que sí, ¿por qué no?
Qué hermoso es mi idioma. Qué privilegio haber crecido gracias a él y junto a
su vera. Lengua castellana, bella como la que más.