EEUU, juez y parte en la transferencia de la soberanía del pueblo saharaui hacia la del ocupante.Por:Abdelaziz Rahabi

 EEUU, juez y parte en la transferencia de la soberanía del pueblo saharaui hacia la del ocupante.Por:Abdelaziz Rahabi
EEUU, juez y parte en la transferencia de la soberanía del pueblo saharaui hacia la del ocupante. Por:Abdelaziz Rahabi


Asistimos en estos últimos diez meses a una intensa actividad diplomática, sostenida y que pretende ser discreta, en torno al futuro del Sáhara Occidental y de la región. Se puede observar en esta etapa:

· Un compromiso diplomático estadounidense cuyo objetivo declarado es transferir la soberanía del pueblo saharaui hacia la de su ocupante marroquí, según una agenda marcada por la urgencia y sin ningún vínculo con los esfuerzos previos de la administración estadounidense, especialmente a través de James Baker y Christopher Ross.

· Un llamativo borrado de la ONU, paralizada por el Consejo de Seguridad, al que se le pide convertir a la MINURSO no en un instrumento de observación y solución del conflicto, sino en un medio para acompañar esta transferencia de soberanía a paso forzado. Sin las reservas formales de Rusia y China, y la insistencia de Argelia en recordar el principio de la autodeterminación, el Consejo de Seguridad habría refrendado completamente en octubre pasado el primer proyecto estadounidense que consagraba la simple absorción del Sáhara Occidental por Marruecos.
· Un aceleramiento diplomático occidental masivo y sincronizado para promover el plan marroquí de autonomía, que en realidad responde más al efecto de arrastre provocado por la decisión de EEUU. de 2020 y la adhesión de Marruecos a los Acuerdos de Abraham, que a la credibilidad de la autonomía propuesta en 2007. El conflicto del Sáhara cambia así de naturaleza: pasa de ser un conflicto local de baja intensidad a un asunto en las luchas de influencia sobre la fachada atlántica de África, África del Norte y el Sahel.
· La elaboración de una ficción sobre los éxitos de la diplomacia marroquí para dar crédito a su enfoque, impulsado esencialmente por el compromiso y el poder diplomático de EE. UU., Francia y su círculo africano (Gabón, Senegal, Congo, Guinea, Yibuti), así como de los Emiratos Árabes Unidos y sus medios financieros. No como se quiere hacer creer, que el plan de autonomía sería la vía más indicada para salir de la crisis. Este efecto, con casi 20 años de desfase desde el anuncio de dicho plan, no puede explicarse objetivamente por el mero hecho de la longevidad del conflicto, que se ha convertido en el único argumento esgrimido por sus promotores occidentales en los últimos años.

Las antiguas potencias coloniales —Estados Unidos de América, Francia, Gran Bretaña, España y Alemania— desarrollan paradójicamente el argumento de la «excesiva duración» del conflicto sin medir esa misma duración en términos de sufrimientos y precariedades de casi 200.000 saharauis refugiados, exiliados o perseguidos en su propia tierra, en el Sáhara Occidental ocupado. Aquí encontramos un sucedáneo de la antropología colonial aplicado sin mesura a la geopolítica actual.

Es importante dar tiempo al tiempo, tener en cuenta ante todo las demandas soberanas del pueblo saharaui, tratar a los representantes del Polisario como interlocutores de pleno derecho, pero que no pueden comprometer el destino de su pueblo sin consultarlo en la forma que éste haya elegido libremente, en un proceso que puede ser largo y laborioso como todos los procesos de descolonización. Estas exigencias aportarán credibilidad a las negociaciones actuales, garantizarán la viabilidad de cualquier solución, serán una garantía de su durabilidad y darán sentido a la autodeterminación consagrada en la doctrina de la ONU y recordada por la resolución 2797 del Consejo de Seguridad del 31 de octubre de 2025.

La aparente aceleración de la historia en el Sáhara no es, por desgracia, la culminación natural de un proceso histórico de solución del conflicto, sino que adopta la forma de una arquitectura hecha de segundas intenciones y equilibrios precarios, que coloca todos los ingredientes de una inestabilidad programada en los campamentos de refugiados saharauis, a los que se les ha hecho creer en la inminencia de una solución. También despierta interrogantes en la opinión pública argelina, consciente de la necesidad de una solución, pero preocupada ante esta coalición de fuerzas hostiles a nuestras posiciones diplomáticas; y suscita una atención vigilante entre los apoyos tradicionales de la causa saharaui en África y América Latina.

Argelia, con una doctrina soberanista fundada en su propio recorrido histórico, no puede contemplar en sus fronteras una nueva situación, especialmente en términos de garantías de seguridad regional. Dichas garantías no pueden provenir, naturalmente, ni de un vecino históricamente belicoso y expansionista, ni de EE. UU., que tiene muy poca consideración por el derecho internacional y cuyo objetivo final es consolidar a su aliado histórico y estratégico, Israel, instalándolo en el norte de África, y reforzar a su aliado regional, Marruecos, que sigue siendo su mayor aval en la región. Por ello, EEUU. no puede objetivamente atribuirse el estatus de mediador imparcial. Ahí reside la mayor amenaza: que la cuestión saharaui se inscriba exclusivamente en una lógica de lectura securitaria.

Los conflictos siempre han respondido a lógicas de rivalidad entre las grandes potencias; el norte de África y el Sahel no escapan a esta regla. Las tensiones en nuestras fronteras con Libia, la guerra en Malí y el conflicto del Sáhara Occidental constituyen los tres puntos de un arco con un evidente continuo geográfico, que somete a una tensión global continua y multiforme al único país de la región que solo puede contar con sus propios medios: Argelia.

Abdelaziz Rahabi
Argel, 3 de mayo de 2026

Traducción de Infosurglobal

Infosurglobal

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