EXTRACTO NOVELA «SEÑOR CONCEJAL»

C  A  P  I  T  U  L  O     I

 A través del cristal de su vaso, Jacques Andere observó cómo las aristas del hielo  oponían resistencia al desgaste provocado por el quemante licor escocés que había logrado deshacerle aquel maldito nudo que estrangulaba su alma, distendiéndole el ánimo agorero que le acompañaba desde el momento que abordó el avión presidencial en la secreta pista aérea militar de la lejana isla Santa Inés, en la Península de Ulloa, ribera sur del Estrecho de Magallanes.

Era consciente que la comunidad internacional consideraría positivamente el gesto que había realizado tan sólo dos horas antes junto a su colega argentino, el doctor Sandro Raúl Onega, dejando atrás  ciento sesenta años de controversias y desconfianzas que en más de una ocasión tuvieron a ambos países al borde de una guerra fratricida.

Durante meses, en el silencio que caracteriza a estos eventos, ambos Presidentes estuvieron intercambiando opiniones y notas a través de un selecto grupo de asesores que, a fuerza de viajes y reuniones, ya conocían de memoria los pasillos y recovecos de La Moneda y la Casa Rosada, hasta considerar terminado el acuerdo de paz y cooperación que abriría una nueva era de progreso para ambas naciones.

Siempre en el sigilo del secreto, decidieron realizar la entrevista final en un lugar apartado de la prensa y de los inconformistas de siempre, saltándose las tramitaciones engorrosas de los respectivos Congresos, a quienes esperaban entregar el documento para su toma de conocimiento, esperanzados en la fuerza de los hechos consumados  y en la alegría de sus pueblos, afrontando virilmente las consecuencias políticas personales que ello pudiese acarrear, pues la coyuntura histórica había colocado en Chile y Argentina a dos hombres que pensaban idéntico en lo relativo a la paz hemisférica y a los polos de desarrollo.

El presidente Onega había llegado en un avión  de la Fuerza Aérea Argentina, escoltado por dos “cazas” chilenos desde la frontera.

La ceremonia protocolar de la firma del pre-acuerdo fue breve, sencilla, emotiva…sacudida por el fuerte viento austral que traía nuevos aromas de bienestar y hermandad.

Pero nubarrones negros parecían acercarse desde el norte, con sonidos explosivos y preocupantes, orquestados por grupos políticos que habían logrado apoyo de algunos desquiciados que poseían suficiente poder económico para echar por tierra los planes presidenciales tan trabajosa y secretamente urdidos.

El mandatario argentino, luego de un apretado abrazo de despedida, abordó su avión e inició el regreso a Buenos Aires junto a su escasa comitiva. No hubo televisión ni prensa acreditada que pudiera registrar tan magno evento. Sólo militares serios y leales de ambos lados de la cordillera presenciaron emocionados el acto protocolar, sabiéndose testigos de un hecho que recogería la Historia en sus mejores páginas por lo que demostraron su satisfacción a través de la más perfecta y disciplinada formación con que rindieron honores a los insignes visitantes.

  • Nuestro servicio de inteligencia ha ratificado que el grupo de montoneros argentinos se encontraba reunido, ayer, en el sector “Bajada del Agrio”, a la altura del volcán Lonquimay en su lado oriental, pero no se sabe de nuevos movimientos, excelencia.
  • Bajada del Agrio –repitió Andere, cabizbajo y preocupado- un muy adecuado nombre para recibir a esa pandilla de mentecatos. ¿Eso es territorio argentino?
  • Afirmativo, señor Presidente –contestó el capitán Menéndez, subiendo el cuello de su chaquetón para que el forro de chiporro cubriese su nuca, protegiéndola del viento y del frío húmedo que escarchaba las puntas de sus orejas.
  • ¿Y nuestros “bandidos”? ¿Qué se sabe de ellos?
  • “Inteligencia” perdió el rastro hace dos días, señor.
  • Me gustaría saber cuál fue el último lugar en el que se vio a esos infelices –agregó el Presidente, que miraba el cielo borrascoso mientras se colocaba los guantes para desentumecer sus dedos congelados.
  • Según el coronel Schiapacasse, intentaron cruzar a territorio argentino por El Planchón, pero los pilló una borrasca y lo más seguro es que se encuentren detenidos y aislados en aquel lugar. Pero, no se preocupe excelencia, cuando mejore el tiempo nuestros helicópteros les darán una batida que terminará con sus huesos en un calabozo.
  • Eso queda en Curicó, ¿verdad? Me refiero al paso…
  • Afirmativo, señor Presidente. Es preferible, señor, que suba al avión y regresemos a Santiago. Se acerca una tormenta y no deseo que usted quede anclado en esta isla- notando un dejo de preocupación en el rostro del mandatario, el capitán consideró oportuno entregar palabras de aliento- Su gesto, señor, ha entrado a la Historia por la puerta ancha. Puede y debe sentirse plenamente satisfecho por la misión cumplida.
  • Gracias, capitán, pero algo aquí en mi pecho me indica que las dificultades recién comienzan.
  • Abordemos el avión, excelencia. Un buen trago le hará cambiar el ánimo.

El capitán había estado en lo cierto, pues ahora sentía que aquella mano ardiente que ahogaba su pecho parecía ceder ante el efecto del alcohol, y al mirar las aristas del hielo que se deshacía por el choque del licor  contra sus paredes agrietadas, creía que algo similar ocurría con su propia vida. Recostó su cansado cuerpo en el cómodo respaldo del asiento y se dedicó a observar las formaciones nubosas sobre las que se deslizaba rauda la aeronave, soñando en que tal imagen pudiese ser congelada y evitar, de ese modo, tener que llegar a suelo firme donde las acechanzas y vilezas eran asuntos de común ocurrencia.

Sus asesores civiles y militares ocupaban los asientos posteriores, separados de él por un hermoso cortinaje que permitía privacidad a sus quimeras. El zumbido de los poderosos motores surtía el efecto adormecedor que tanto requería antes de enfrentar la vorágine de críticas, preguntas y contrapreguntas, comentarios mordaces y ataques virulentos que le esperarían en Santiago una vez que se supiese oficialmente el motivo de su desaparición  aquel fin de semana, puesto que la propia prensa se había encargado de informar, erróneamente por cierto, que  “el Presidente descansará en el palacio de Cerro Castillo, en Viña del Mar, los próximos dos días”.

¿Qué le había decidido a ejecutar un acuerdo trascendente con Argentina a espaldas no sólo del Congreso, sino también de su propio partido político?

Llevaba dos años en el cargo más alto de la nación, no siendo excesiva su obra legislativa pero sí sus audaces propuestas para que el Congreso aprobase leyes tendientes a lograr y resguardar un perfecto equilibrio entre los intereses económicos del empresariado y aquellos que siempre fueron banderas de lucha de los trabajadores, lo que le granjeó antipatías de ciertos sectores que veían en su accionar algo de debilidad y confusión pues le enrostraban a diario las magras cifras de la creación de nuevos empleos como producto de su política gubernativa.

Por ello tuvo, la sensación triunfalista de aportar una solución real al problema mediante un acuerdo con Argentina que permitiese la creación de nuevas fuentes de trabajo, arreglando de paso las históricas diferencias limítrofes que ambas naciones venían arrastrando desde el siglo pasado. Pareció simple en un comienzo, pues el presidente Onega  entregó su inmediata aprobación y su entusiasta anuencia a tal idea. No obstante, los asesores designados en las respectivas casas de gobierno fueron enredando las conversaciones al proponer nuevos temas en las agendas, llegando incluso a plantear, en momentos de emocionada y sensible fraternidad, la creación de una especie de “comando conjunto” que obligase a las fuerzas armadas de las dos patrias a una acción permanentemente coordinada, lo cual abriría espacios para el desarrollo económico integrado y sólido, basado en la más absoluta certeza de lo que se llamó “la paz eterna”.

La firma del pre-acuerdo que los mandatarios iban a presentar a sus respectivos Congresos, y que contenía la voluntad de caminar codo a codo la senda del progreso durante los años venideros, fue la puntada final de un hilado finamente zurcido en un secreto cuyas esquinas más oscuras dejaron intersticios invisibles por donde se filtró la intención de los presidentes.

Brasil y Perú deberían oponerse a tal tratado…pero, si los hechos estaban consumados, nada podrían alegar, a excepción de un griterío inconducente en los foros internacionales. Posiblemente dirían que se estaba creando un nuevo país, una especie de gigante enano  que pondría en jaque la estabilidad económica del continente, pero de un continente que nunca tuvo suficiente presencia para evitar guerras entre hermanos que sólo alimentaron las arcas de naciones históricamente expansionistas que se adueñaron, incluso, de los organismos supranacionales para cimentar desde allí sus ansias de dominio global.

Pero, había aún más.

Al interior de los dos países cordilleranos se movían grupos poderosos que procuraban echar por tierra el acuerdo a como diese lugar, formando “pequeños ejércitos” que buscaban encerrar a los presidentes y aniquilarlos de manera definitiva, habiendo recibido apoyo económico en armas, tecnología, dinero y mercenarios para tales efectos…financiamiento que provenía, obviamente, de los países gigantes que proclamaban a los cuatro vientos la necesidad de democracia en el tercer mundo, siempre que ella no fuera acompañada por el desarrollo económico y el libre albedrío para el buen uso de la soberanía.

  • Si el Congreso rechaza nuestro acuerdo, dimitiremos de inmediato y el pueblo de ambos países tendrá la última palabra –le había asegurado el presidente Onega al momento de la firma.
  • Obligaríamos a un plebiscito –apuntó entonces Andere.
  • Y lo ganaríamos, hermano, lo ganaríamos. Chilenos y argentinos jamás se negarán a la posibilidad de contar con progreso estable y sostenido, con empleos seguros en ambas bandas, con paz eterna y sin el fantasma de la confrontación.
  • En fin, la Historia decidirá nuestros seudónimos en algunos años más –aseguró el presidente chileno, generalmente cauto en la entrega de sus impresiones más ocultas- O héroes…o locos de atar. Eso lo sabremos no bien aterricemos.

Los efectos provocados por el muelle viaje aéreo y la atmósfera de tranquilidad que había en la nave, comenzaron a apoderarse del físico fatigado del presidente chileno que se dejó llevar por el vaivén de Morfeo. Entre sueños alcanzó a escuchar la voz del capitán Menéndez que informaba al Ministro del Interior respecto de la ubicación en la que se encontraban en ese momento.

  • El piloto se comunicó con la torre de control de Pudahuel indicando que acabamos de pasar por el lado oriental de Talca.

Fue lo último que escuchó, pues el sueño invadió todos los sentidos y se apoderó de la conciencia.

Un ruido extraño y potente le despertó.

Jacques Andere abrió sus ojos asustado y su corazón quiso arrancar del pecho. Vio al capitán levantar sus brazos para afirmarse de una pasarela inexistente, mientras el Ministro del Interior salía impelido hacia atrás como si un repentino huracán lo hubiese sacado del sitio en el que se encontraba. El avión se estremeció violentamente en el instante preciso que una sonora explosión hirió los tímpanos de los pasajeros y llenó de humo todo el largo y ancho de la cabina, obligando a la aeronave bajar su nariz e iniciar un descenso no buscado.

Hubo gritos, órdenes, chillidos, caos y pánico. La nubosidad abrazó a la máquina oscureciendo su interior carente de energía eléctrica; los maleteros superiores se abrieron escandalosamente, aumentando el terror de los viajeros que pensaban en lo peor.

El ala izquierda del aparato mostraba fogonazos que desnudaban las nubes, transformando el humo en fuego segundos después e inclinando la nave hacia su costado derecho, sin dejar de descender con acelerada prontitud hacia los picachos cordilleranos de las primeras cadenas montañosas, cuyas cumbres se mostraban terroríficas a través de las algodonosas formaciones nubosas.

Uno de los asesores presidenciales cayó tumbado por un  desmayo rodando hacia los asientos del lado derecho, golpeando su cuerpo contra la base de los mismos.

  • ¡¡Fuego, fuego!! –gritó alguien en los asientos posteriores- ¡¡Hay fuego en el baño!!
  • Teniente Lyon…usted y el sargento Cárdenas usen los extintores –ordenó entre el griterío y el caos el capitán Menéndez, mientras se dirigía a la cabina de los pilotos con enormes dificultades ya que la posición de la nave le obligaba a caminar apoyándose  de los asientos.

A ochocientos metros de los primeros picachos, el avión logró ser estabilizado por el comandante y comenzó a girar hacia el este, aprovechando la inclinación provocada por la explosión. El ruido de los motores había disminuido y el aparato se notaba lento, pesado, viejo.

  • Perdimos uno de los motores, capitán. Hay daños serios que nos impiden llegar hasta Santiago…por eso estoy girando hacia el sur nuevamente –gritó el comandante al capitán Menéndez que había ingresado a la cabina- No tenemos mejor posibilidad….
  • Dios santo, comandante…¿qué ocurrió?
  • Hubo dos explosiones…en el ala derecha y bajo el baño cerca de la cola. Le repito, capitán, estamos regresando hacia el sur porque el aeropuerto de Chillán se encuentra cercano, y las características de la pista se asemejan a lo que requerimos…además, no tenemos otra opción.
  • ¿Informó usted de nuestra posición y de las dificultades que estamos enfrentando?- preguntó ansioso Menéndez.
  • Negativo, capitán –respondió el ingeniero de vuelo, interviniendo en la conversación- Estamos volando ciegos y sordos, sin instrumentos, ya que se fundieron con las explosiones. Quien haya hecho esta aberración, sabía muy bien cómo efectuarla.
  • Capitán…–la voz del piloto era nerviosa y trémula- Por favor, avise al señor Presidente y al resto del pasaje que deben prepararse para un impacto.
  • ¿Qué me quiere decir? –tartajeó asustado Menéndez.
  • Estamos cayendo, capitán…no llegaremos a Chillán…el otro motor está prácticamente fundido y no tiene fuerzas para continuar…ni para sostenernos. Tengo que evitar un choque contra las paredes montañosas, buscar un vado entre los cerros, ojalá con mucha nieve…
  • ¿Por qué no procuramos algo en el valle? –inquirió tembloroso el militar, que intentaba otear  por el parabrisas de la nave buscando infructuosamente algún lugar que las nubes le impedían precisar con exactitud.
  • Porque no podemos maniobrar…vamos casi en caída libre. Por favor, señor, vaya  donde le indiqué y prepárense para un aterrizaje forzoso.

Como una lanza plateada que atraviesa las nubes buscando el suelo, el avión mostró su nariz a los recónditos lugares en los que la nieve aseguraba una propiedad indiscutible, donde el viento andino se enseñoreaba del entorno y la soledad de las alturas era visitada por algunos cóndores que mostraban su orgullo de ser los únicos seres capaces de dominar la inescrutable geografía andina.

El  motor que había quedado funcionando a medias, repentinamente cesó de trabajar y el silencio martilló los oídos  e hirió las esperanzas. El silbido suave y aterrador de la nave cortando el viento, hizo recordar a los pasajeros que sólo Dios era el verdadero dueño de los destinos y las cosas.

La soledad de la alta cordillera se había introducido en la aeronave, y los pensamientos mortales transitaban vías dolorosas que llegaban a la nada.

El silbido cesó…las nubes quedaron arriba, muy arriba.

Mientras que a los costados, tal cual se tratara de cuadros  y acuarelas ciclópeas, los farallones de las montañas encajonaron al avión, succionándolo hacia el fondo, llamándole para formar parte del paisaje sobrecogedor.

Un golpe indescriptible comunicó que la máquina había contactado con la tierra.

Los cuerpos de los pasajeros volaron por los aires interiores de la cabina, chocando y golpeándose, rodando y gimiendo….

Nuevos golpes fueron desgajando el avión, abriendo forados en sus planchas, quebrando las alas, arrancando de cuajo la cola que se cortó y salió expelida hacia una grieta atosigada de nieve blanda llevándose los cuerpos de un militar y dos asesores.

Finalmente, el choque frontal contra una especie de colina coronada por la nevazón del día anterior puso término al aterrizaje de emergencia, sacando al piloto y al ingeniero de vuelo por el parabrisas, impactándolos contra la dureza granítica de una formación rocosa y descuartizando sus cuerpos.

Luego, el silencio, la oscuridad y el regreso al mismo miedo que nuestros antepasados del Paleolítico debieron sentir cuando la noche  caía sobre ellos, obligándoles a refugiarse en cuevas y cavernas, temblando de espanto por la aparición de animales depredadores que se apropiaban de las tinieblas.

Aún atado a su asiento, con la cara sangrando por un corte en la frente, dolorido de la cintura hacia arriba, el presidente de Chile, Jacques Andere, hizo viajar su mente y la dirigió a su ciudad natal, Copiapó, donde sus padres deberían estar cómodamente acostados en la enorme cama que él les regalara años atrás, viendo algún programa de televisión sin imaginar siquiera que las amplias habitaciones del palacio de Cerro Castillo se encontraban vacías.

C   A   P   I   T   U   L   O       I I

DOS DIAS ANTES.

COMUNA DE LAS CALANDRIAS.

SEPTIMA REGION DE CHILE.