La solidaridad del pueblo marroquí con Palestina es histórica, amplia y legítima. En las calles, en los estadios y en las manifestaciones populares, miles de marroquíes han reafirmado su rechazo al sionismo y su apoyo a la liberación palestina.
Sin embargo, esa solidaridad no puede confundirse con la política de la monarquía.
El Reino de Marruecos busca apropiarse de un sentimiento genuinamente popular para construir una imagen de defensor de Jerusalén, mientras ocupa el Sáhara Occidental y niega al pueblo saharaui el mismo derecho a la autodeterminación que afirma defender para los palestinos.
La contradicción es evidente. El Sáhara Occidental sigue incluido por la Organización de las Naciones Unidas en la lista de territorios no autónomos, es decir, territorios cuyo proceso de descolonización aún no ha concluido.
El derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación continúa siendo reconocido internacionalmente, a pesar de los intentos marroquíes de presentar su ocupación como una cuestión de “integridad territorial”.
Al mismo tiempo, el rey Mohammed VI preside el Comité Al-Quds de la Organización de Cooperación Islámica y utiliza esa posición para proyectarse como protector de Jerusalén y de los lugares sagrados islámicos.
La monarquía distribuye ayuda humanitaria, financia organizaciones y dirigentes, pronuncia discursos en defensa de un Estado palestino y reivindica para sí una autoridad religiosa sobre la cuestión.
No se trata de negar la importancia de la ayuda enviada a los palestinos, sino de comprender su función política. La causa palestina proporciona a la monarquía legitimidad religiosa y popular.Al presentar al rey como “Comendador de los Creyentes” y guardián de Al-Quds, el régimen marroquí busca neutralizar la indignación provocada por su cooperación con “Israel” y encubrir su propia práctica colonial en el Sáhara Occidental.
Esta instrumentalización se hizo aún más evidente en diciembre de 2020. En aquel momento, Marruecos restableció oficialmente sus relaciones con Israel en el marco de los llamados Acuerdos de Abraham.
A cambio, el gobierno de Donald Trump reconoció la pretensión marroquí de soberanía sobre el Sáhara Occidental, contrariando el proceso de descolonización conducido por las Naciones Unidas.
Fue un intercambio profundamente revelador: la monarquía normalizó sus relaciones con el Estado que ocupa Palestina para obtener apoyo internacional a la ocupación del territorio saharaui.Posteriormente, Israel también reconoció la reivindicación marroquí sobre el Sáhara Occidental.
De este modo, Palestina y el Sáhara Occidental quedaron conectados no por los movimientos de liberación, sino por una negociación entre potencias ocupantes.El fútbol forma parte de esta misma estrategia.
La selección marroquí despierta sentimientos populares auténticos, pero compite bajo la bandera, el himno y las instituciones del Reino. Las victorias deportivas son apropiadas por la monarquía para fortalecer el nacionalismo oficial, promover la unidad en torno a Mohammed VI y proyectar internacionalmente una imagen moderna, africana y victoriosa.
La inversión en estadios, competiciones internacionales y la influencia en las estructuras del fútbol africano han transformado el deporte en un instrumento diplomático.
Estudios y análisis recientes señalan que el fútbol se ha convertido en parte de la política de poder blando del Reino y de su campaña para obtener apoyo a las pretensiones marroquíes sobre el Sáhara Occidental.
Esta instrumentalización llegó al punto de que un club marroquí utilizara una camiseta con un mapa que incorporaba el Sáhara Occidental al territorio de Marruecos.
El Tribunal de Arbitraje Deportivo consideró que la imagen constituía un mensaje político incompatible con las reglas deportivas. El episodio demostró que el fútbol no está separado de la disputa colonial, sino que es utilizado para naturalizar una anexión que sigue sin contar con reconocimiento universal.
Distinguir al pueblo marroquí de la monarquía es indispensable.
Pero también es necesario denunciar cómo el régimen se apropia de la religión, de la causa palestina y del fútbol para legitimar su poder y borrar al pueblo saharaui.
Palestina no puede convertirse en un certificado de anticolonialismo para una monarquía que practica el colonialismo y viola los derechos humanos del pueblo saharaui.
La coherencia exige una posición inequívoca: defender la libertad de Palestina y la autodeterminación del Sáhara Occidental.Ninguna bandera palestina levantada por la monarquía puede ocultar el muro, la represión, la explotación de los recursos naturales y la ocupación sufrida por el pueblo saharaui.
Sayid Marcos Tenório es historiador y analista de geopolítica. Es autor del libro RASD 50 años – La larga marcha por la independencia de la última colonia de África.