Novela de Arturo Alejandro Muñoz

Berlín, Alemania, 30 de mayo de 1941. Teatro Wintergarten. 19:45 hr.
CAPÍTULO PRIMERO
Rosita quedó estupefacta mirando fijamente a su ayudante. Por unos segundos, el ambiente se tensó como cuerda de violín. Al camerino de la afamada cantante llegaba el ruido ambiente de un teatro repleto de espectadores. Entre ellos estaba también el principal apoyo con que Die Chilenische Nastigall (el ruiseñor chileno) contaba en el Tercer Reich. Y quizá, el propio führer asistía a esa presentación. Largos e interminables segundos de silencio permitieron que los acordes de la orquesta, interpretando una pieza musical de Richard Wagner, se colara por los intersticios de la liviana puerta. ¿Wagner? Entonces el führer estaba presente. ¡Para colmo de males!
– ¿Me puedes repetir lo que acabas de decir? –la voz era un susurro henchido de temor e incredulidad.
– Están aquí atrás…los ubiqué como tramoyistas…están muy bien camuflados…no te preocupes –las palabras salían en sordina, ahogadas por una suavidad nacida del miedo.
– ¡¡¿Aquí?!! – Rosita no pudo menguar el tono de su voz. Sus ojos se abrían cada vez más y el rostro, a pesar del maquillaje, parecía empalidecer- ¿Estás loco, Hernán…los trajiste precisamente a la boca del lobo…y a mí también? Habíamos acordado que esta noche, o esta próxima madrugada, los llevarías a la embajada argentina que ya aceptó recibirlos en calidad de refugiados.
– Este mediodía conversó conmigo Novoa Izquierdo, uno de los asesores del embajador. Me informó que su jefe no los recibiría, y que yo debía deshacerme de la familia Wexler, porque Buenos Aires había decretado neutralidad en esta maldita guerra.
– Maricones cobardes –murmuró la cantante, a la vez que echaba su cabeza hacia atrás en busca de aire y paz. Hernán apuró la situación.
– Nos obligan a actuar por nuestra cuenta. O ayudamos a los Wexler o los dejamos en la intemperie para que caigan en manos de la Gestapo.
– ¿Y en nuestra embajada, es posible? –preguntó la mujer, aún con una mínima esperanza
– Olvídalo. La Gestapo la vigila celosamente. Los nazis desconfían de nuestro país desde el día mismo que Pablo Neruda ayudó a los republicanos españoles, refugiados en Francia, llevándolos a Chile.
Rosita Serrano suspiró ruidosamente. Tal vez ya era hora de abandonar Alemania, aprovechando su minuto de fama, antes que los esbirros de las SS y la Gestapo le cayeran encima. Era consciente que el cariño y admiración profesados hacia ella por Joseph Goebbels tenían menos peso y consistencia que el de una mosca sobre un sombrero. El Ministro de Propaganda la ‘descubrió’ y la usó en beneficio de su causa ideológica en procura de mostrar a Alemania, y al mundo, cuán abierto estaba el Tercer Reich a recibir sin remilgos a artistas destacados de otras naciones, incluso de aquellas ubicadas en la lejana Sudamérica, territorio al que los nazis recién prestaban interesada atención, aún a pesar que el propio Hitler había catalogado a esas repúblicas como “pueblos de estiércol”.
– Saca a los Wexler de aquí. Llévatelos en los camiones que transportarán elementos de tramoya después de este evento. No sé dónde mierda los vas a esconder, pero ese es ahora tu problema, Hernán. Yo no puedo hacer nada más.
Cabizbaja, la cantante se dejó transportar por su pensamiento hasta enfrentar la hermosa bahía de aquel Valparaíso que tanto añoraba. “Ah, si pudiera estar allí hoy mismo”. Vana ilusión, cercana a su memoria, pero lejana de su esperanza. Trató de imaginar la recepción que sus compatriotas habrían brindado al viejo vapor ‘Winnipeg’ a su arribo al puerto querido, cargando en su vientre a dos mil desesperados españoles escapados de las garras del franquismo, agradecido aliado del partido nazi.
Tres fuertes golpes en la puerta, seguidos por la voz gutural de un trabajador del teatro – “Fraulein Rosita, auf die Bühne”– terminaron con la escueta conversación. “A escena me llaman”, dijo la cantante, y antes de abandonar su camerino, luego de expulsar con fuerza el consabido conjuro, “mierda, mierda, mierda”, lanzó un beso a su ayudante junto a una postrera frase. “Que Dios nos proteja”.
Veinte segundos después, Hernán escuchó la estruendosa salva de aplausos provenientes de la sala del Wintergarten. Los Wexler, mezclados con los tramoyistas, también hubieron de soportar minutos más tarde el “Deutschland, Deutschland, über alles in der welt”, coreado por mil alemanes saludando a Hitler y a Goebbels, presentes en el teatro.
Aprovechando que Rosita Serrano comenzaba a embelesar una vez más a los germanos con su inigualable voz, Hernán corrió tras bambalinas para encontrarse con la familia Wexler, ya vestida y camuflada como tramoyistas, confundida con veinte o más trabajadores, deambulando tímidamente entre paneles y cuerdas. El matrimonio, Isaac y Ester, le esperaban ansiosos, con el alma en un hilo, mientras la hija, Rebeca, le abrazó con tal cariño que no dejaba dudas respecto a ser el suyo un amor verdadero. Mientras, el pequeño Sergei miraba dulcemente lo que sucedía alrededor de todos. Sus cortos siete años de vida le impedían aquilatar la gravedad del momento.
– En el patio hay un camión en cuyo parabrisas está el cartelito señalando que es una máquina perteneciente al Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda. El conductor se llama Walter, y su acompañante es Hans. Ellos deben viajar hasta el puerto de Hamburgo. Allá, ustedes ya saben qué deben hacer. Uruguay y la libertad les esperan…les va a encantar Montevideo. Que Dios les acompañe.
Isaac tomó suavemente del brazo a Hernán, y con ojos aún enrojecidos por el terror y por la tensa emoción de una posible libertad, le agradeció lo que estaba haciendo por su familia. Salvo el honor y gracia contenidos en sus palabras, carecía de otros elementos para demostrar a ese chileno el compromiso que adquiría con él de ahora en más.
– Nunca, Hernán, nunca, pero nunca de los nunca, le olvidaremos- y lanzó el chorro de lágrimas.
A treinta metros de ellos, Rosita Serrano desataba la euforia de un millar de alemanes ya conquistados por su magnífica voz. Hitler había ordenado un ramillete de flores para entregarlo a la diva sudamericana no bien terminase su brillante actuación. Goebbels, sentado a la diestra del jefe supremo de los nazis, sonreía satisfecho. Todo marchaba a la perfección en Alemania. Dinamarca se había rendido a las tropas de la Wehrmacht y Francia ya estaba derrotada y dividida. El próximo objetivo no podía ser otro que Inglaterra, aunque en su fuero interno el führer deseaba también aniquilar a quien consideraba su principal enemigo, el comunismo soviético.
Mientras el camión, con el cartel del Ministerio de Propaganda y con la familia Wexler en su interior, portando documentos que la acreditaban como trabajadores de esa temida repartición de la estructura del nazismo, rumbeaba por las calles céntricas buscando la salida norte de Berlín hacia Hamburgo, Hernán se dejaba caer pesadamente sobre una silla en el camerino de la diva Serrano.
A algunos metros de distancia, los aplausos y vítores señalaban que, una vez más, la buenamoza chilena había encandilado a Hitler y a Goebbels…y si ellos aplaudían, toda Alemania aplaudía.
A varios kilómetros de allí, recostada en el piso de un camión de duros resortes y afirmando su espalda en unas gruesas alfombras, la joven Rebeca sorbía lágrimas no sólo porque abandonaba Alemania, su tierra natal, sino porque atrás de las huellas que dejaban los neumáticos de esa máquina quedaba su verdadero amor, Hernán, a quien no se atrevió a confesarle que ella huía de las garras de la Gestapo portando en su vientre el producto de una pasión construida secretamente por ambos entre miedos, audacias y prejuicios políticos y religiosos.
CAPÍTULO SEGUNDO
Ochenta años después. Santiago de Chile.
De pie, brazos en jarra y ceño adusto, contemplando la losa de mármol con mirada ausente, el inspector policial Pepe Garfias reordenó mentalmente los antecedentes que había recabado en esas largas –y hasta entonces- estériles semanas de investigación.
El caso que le entregara su jefe a comienzos del año no era desconocido para la gente de la policía ni para la prensa, pero yacía bajo el tapiz del olvido prohijado por el desinterés de las cofradías políticas. Sin embargo, más allá de las aristas ideológicas que enturbiaron sanguinariamente el rostro del país durante dos décadas, la muerte del matrimonio judío-chileno Grinberg-Epstein en el aeropuerto bonaerense de Ezeiza, el año 1977, a manos de agentes del estado argentino en sociedad con agentes de la chilena DINA, encerraba cuestiones que escapaban de las típicas acciones de persecuciones y torturas que fueron ejecutadas por agentes del estado durante la dictadura, ya que todo parecía apuntar a un crimen con aristas policiales más que políticas, cuyo objetivo era eliminar a ese matrimonio y apropiarse de dineros y joyas que resultaban necesarias para ciertos poderosos grupúsculos que requerían financiar sus actividades ilícitas.
En la losa de Ezeiza, al pie de la escalerilla de un avión de la línea Braniff y subiendo a un automóvil Falcon como presuntos pasajeros VIP, fue la última vez que se vio con vida al matrimonio Jacobo Grinberg- Doris Epstein.
Pepe Garfias era consciente que la fatídica y bestial Operación Cóndor había dado aquel año 1977 un golpe maestro, pues a partir de ese momento una gruesa madeja de elaborados operativos distractores, traiciones familiares, deslealtades comunitarias e intereses económicos, comenzó a esparcir densos hilos sobre el doble secuestro y otros crímenes y desapariciones en Buenos Aires y Santiago de Chile.
Garfias había llegado a la conclusión que en ese oscuro asunto tuvieron algún importante grado de participación (y de responsabilidad) relevantes miembros de la comunidad judía, muchos de ellos partidarios de la dictadura pinochetista y actualmente enriquecidos empresarios, aunque de seguro la mayoría ya estaba en brazos del retiro, de la jubilación y, tal vez, de la señora Muerte. Habían transcurrido cuatro décadas desde la fecha de aquellos acontecimientos. ¿Investigarlos? “Los crímenes de lesa humanidad no prescriben, Garfias”, le señaló su jefe al momento de asignarle la investigación.
– ¿Debo tener especial cuidado con algo? –preguntó a su vez el inspector.
– Quizás te topes con que hay algunos sospechosos pertenecientes a rancias familias y a enriquecidos empresarios que cuentan con sólidas redes familiares y económicas ubicadas en la alta oficialidad de las fuerzas armadas, o socios, mecenas, auspiciadores de eméritos políticos. Pero, tu labor debes realizarla aún a riesgo de cualquier consecuencia. Sabes que yo siempre te cubriré.
Luego de seis semanas de arduas investigaciones, ¿qué tenía claro el inspector Pepe Garfias? A los 43 años de edad, Jacobo Grinberg era, paradójicamente, el menos anónimo de los personajes judíos que participaban en negocios rayanos en la ilegalidad, pero amparados por la dictadura militar. Sin militancia política conocida, inteligente y seductor, a través de su Casa de Cambios “Haifa”, ubicada en la comuna de Providencia en la capital chilena, había captado a codiciados inversores, en particular a los de la comunidad judía. Estrella en alza del mundo financiero, Grinberg no podía ser secuestrado en Chile sin que se armara un escándalo. Secuestrarlo, ¿Por qué, y quién podría haberlo hecho tapando las huellas propias y las de quienes estaban interesados en terminar con la vida del cambista?
La DINA, esa poderosa central de inteligencia de Manuel Contreras que asesinó al canciller Orlando Letelier en Washington y al general Carlos Prats en Buenos Aires, buscó la captura del matrimonio tanto por las necesidades de financiamiento de una organización vetada por Estados Unidos desde el gobierno de Jimmy Carter, como también interesada en dar un severo golpe político al partido comunista chileno, y a su aparato financiero que utilizaban los caros y eficientes servicios del cambista Grinberg. La policía secreta del gobierno dictatorial sabía que él era quien manejaba los dineros de grandes inversores locales, los suyos propios y los que otro financista, de origen judío-húngaro, pudiese haber enviado a través de la Casa de Cambios “Haifa” al partido demócrata cristiano y al expresidente Eduardo Frei Montalva.
La DINA había detectado que el cambista Grinberg era también el intermediario de un operativo financiero del partido comunista local para ingresar al país fondos que permitieran rearmar su estructura. Para los jefes de la DINA, efectuar el secuestro en Chile podía arriesgarlo todo. Entonces entró en acción el Plan Cóndor que, como todos los de la conexión chilena de la coordinación represiva en el Cono Sur, abundaba en misterios.
En el caso Grinberg la inteligencia operó para ‘demostrar’ que el matrimonio había proseguido tranquilamente viaje a Montevideo, versión que se dio oficialmente a la cancillería chilena en un cable firmado por el general Rafael Videla y, después, inexplicablemente «extraviado».
El boca a boca –en especial aquel dirigido a la comunidad judía– travistió a Grinberg en una suerte de chileno demoníaco que traficaba fondos recolectados en secuestros subversivos en Argentina y Uruguay (Montoneros y Tupamaros), en aras de la célebre «conspiración judeo-bolchevique apátrida». Instalada esta falsa versión, que justificaba así su secuestro por los militares argentinos y liberaba falazmente a la DINA de toda responsabilidad, nadie osó reclamar por su suerte, cual fue el caso de los grandes financistas amigos o conocidos de Jacobo Grinberg, cuyas inversiones habían sido prolijamente detectadas por la agencia represora que dirigía el entonces coronel Manuel ‘Mamo’ Contreras.
Para tapar un escándalo en ciernes, que a mediados del año 1996 podía afectar a buena parte de la cúpula empresarial y dirigencial de la comunidad judía chilena, se montó apresuradamente otro escándalo mediático, esta vez con el apoyo de toda la prensa ‘oficial’ que circulaba en el país. Se hizo estallar el asunto de la ‘Troika Judía’, vale decir, la acción de importantes personeros que estructuraron un montaje finamente pensado para echar tierra sobre asuntos que cuestionaban duramente el comportamiento ético y político de muchos inversionistas, educadores, dirigentes religiosos y conocidos empresarios de la comunidad judía chilena durante el gobierno militar.Todo eso había averiguado el inspector Garfias. Mirando la losa donde podía leerse el nombre de Jacobo Grinberg y el de Doris Epstein, “fallecidos trágicamente”, abandonó el cementerio israelita habiendo decidido que sus próximos pasos los encaminarían hacia lugares donde vivían aquellos miembros de la comunidad judía que, en ese lejano año 1977, tuvieron conocimiento de las actividades de Jacobo Grinberg. El momento de iniciar un pertinaz trabajo en terreno había llegado.