
Arturo Alejandro Muñoz
Una vieja leyenda, ya casi olvidada debido al avance de los tiempos y de la tecnología, era contada hace muchos, pero muchos años, por los campesinos del sector de Cuesta Idahue en Coltauco, más específicamente por quienes vivían cerca del cerro Gulutrén o “Cerro donde el diablo jugaba al tejo”, a cuyos pies circula furioso el río Cachapoal rumbo a Pichidegua y al lago Rapel
Esos añosos campesinos decían que a ellos, a su vez, se los habían contado sus abuelos, y aseguraban que la leyenda se remontaba a la época cuando Pedro de Valdivia y sus huestes se habían instalado en Santiago, en las riberas del río Mapocho.
La leyenda dice que don Pedro de Valdivia habría juntado mucho oro obtenido en la zona costera de Concón, y decidió guardarlo en un enorme arcón o baúl que cerró con grandes candados. Ese tesoro lo mantendría escondido en un lugar tan secreto al que nadie podría llegar jamás.
Para eso, ordenó a uno de sus más fieles ayudantes que formara una pequeña caravana con indios auxiliares y marchara hacia el sur de Santiago, buscando un sitio donde enterrar el baúl. Así se hizo. El ayudante, que era un soldado español muy fiel a Valdivia, formó la caravana con varios indios, y en una de las mulas cargó el baúl. En esa caravana, iba también un joven mozalbete mapuche, Lautaro, gran conocedor de la geografía de aquellas zonas, quien aconsejó finalmente subir a la cima del cerro Gulutrén, entre Coltauco y Peumo, y allí enterrar el baúl.
Esa noche, mientras el soldado descansaba luego de tan dura tarea de subir el cerro y sepultar el baúl, Lautaro amotinó a los indios que se rebelaron contra el soldado, dándole muerte con macanas y palos.
El joven mapuche tomó los caballos y se lanzó hacia el sur, en busca de su gente, para comenzar desde allí la lucha contra el invasor español. En esa huída le acompañaron los indios de la caravana.
El intrépido y libertario toqui nunca más volvió a ese lugar, a la vez que Pedro de Valdivia tampoco pudo jamás encontrarse de nuevo con su preciado baúl. Ambos, Lautaro y Valdivia, murieron en batalla, y nadie sabe dónde está exactamente escondido aquel magnífico tesoro, aunque los pobladores cuentan que el diablo lo habría encontrado y con ese oro fabricó pesados tejos con los cuales jugaba a la rayuela, escandalosamente, desde el lanzándolos desde el Gulutrén hacia el sector de Larmahue.
Entre gritos y risotadas don Sata hacía tronar su vozarrón en las noches de luna llena asustando a los pobladores que no osaban siquiera salir de sus casas, pues temblaban de pavor cada vez que escuchaban caer aquellos gigantescos tejos de oro sólido y se estremecían con el espantoso silbido provocado por esos artefactos al volar por los aires.
Y ya que Satanás se había adueñado de aquel cerro, ningún humano se atrevió jamás a subir a la cima para buscar el baúl. Cuando finalmente un sacerdote de Peumo junto a los pobladores instaló en el lugar una enorme cruz, el malulo huyó espantado de aquel sitio. Pero, ya no había oro… el diablo lo había utilizado en sus maléficos tejos que arrastró consigo rumbo al infierno.
Si usted se atreve a visitar la cima del cerro Gulutrén en Cuesta de Idahue, allá arriba encontrará no solamente los vestigios de la famosa cruz, sino también una enorme roca donde está estampada una pata de cabrío, que corresponde a la huella del pie izquierdo del mandinga, quien se apoyaba en ella para lanzar sus tejos más allá del cauce del Cachapoal.