
Arturo Alejandro Muñoz
¿Qué duda cabe que Diego Portales Palazuelos, el feroz Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores de Chile (1835–1837), fue un decidido conservador, enemigo a muerte de pipiolos y liberales?
Sin embargo, en algunas de sus cartas “personales” dirigidas a su socio, el español José Cea, y a su amigo Antonio Garfias, dejó claramente establecido que fue –políticamente- un verdadero ‘adelantado’ en materias relevantes para Chile.
Pero tenía una faceta que requiere ser destacada en esta época donde se acostumbra ningunear y olvidar a muchos de nuestros grandes hombres y mujeres por el simple hecho que no concuerdan con nuestros caminos ideológicos.
La derecha chilena y el propio general Augusto Pinochet exageraron esfuerzos para dejar sentada la característica ‘militarista’, respetuosa y sobria del ministro Diego Portales Palazuelos, ícono del conservadurismo en política, sociedad y economía del Chile del siglo diecinueve.
Sin embargo, y pese al empeño casi adolescente que pusieron vetustos uniformados, algunos historiadores y casi la totalidad de la dirigencia política conservadora y nacionalista, Portales siempre tuvo mala opinión de los militares en asuntos de administración fiscal y los acusó de ser individuos empecinados en conseguir más y más riqueza personal y en ser carentes de ideas que pudieran nutrir el progreso de la naciente república.
De hecho, el irascible y totalitario ministro no solo se encargó de restructurar el Ejército, sino también creó las “Guardias Cívicas”, a las que les permitió capacitarse militarmente e incluso intervenir en asuntos de enorme importancia, como fue la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1837-1839).
Y fue más lejos aún. Condenó al exilio al general Ramón Freire (su propuesta era fusilarlo), e impidió con decidida pasión el regreso a Chile de Bernardo O’Higgins, quien se encontraba exiliado en Lima, Perú. El ministro Portales temía que el retorno del exgeneral de los ejércitos patriotas durante el período de la independencia, pudiese alterar gravemente el orden en el país, ya que aún seguían existiendo grupos “o’higginistas” que se oponían a muchos de los avances y ordenamientos administrativos logrados por Portales durante los años que había encabezado y dirigido algunos ministerios.
Lo anterior no era un rechazo personal, pues Portales tenía buena impresión de O’Higgins: <<¿Qué sabe de Chile? ¿Es cierto que la situación del Gobierno allí está delicada? Yo no lo creo, porque el hombre es querido y sabe, con la estimación que goza, golpear a los revoltosos (el hombre es O’Higgins).>> (carta de Diego Portales a su socio José Manuel Cea, en febrero de 1827).
Y ni hablar de lo ojeriza que el ultraconservador ministro tenía de la aristocracia chilena. Esta carta, enviada a don Antonio Garfias en diciembre de 1831, da cuenta de ello.
10 de Diciembre de 1831
Señor don Antonio Garfias
Mi don Antonio:
Dígale Ud. a los culiados que creen que conmigo sólo puede haber Gobierno, y orden, que yo estoy muy lejos de pensar así y que si un día me agarré los fundillos y tomé un plazo para dar tranquilidad al país, fue sólo para que los jodidos y las putas de Santiago me dejaran trabajar en paz.
Huevones y putas son los que joden al gobierno y son ellos los ponen piedras al buen gobierno de éste. Nadie quiere vivir sin el apoyo del elefante blanco del Gobierno y cuando los huevones y las putas no son satisfechos en sus caprichos, los pipiolos son unos dignos caballeros al lado de estos cojudos.
Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con su peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha ¡Hasta cuándo… estos maricones! Y Ud., mi don Antonio, no vuelva a escribirme cartas de empeño, si no desea una frisca que no olvidará fácilmente.
No desea escribirle más su amigo.
D. Portales.
Y en materias internacionales, Portales fue enfático y directo respecto del intento del presidente estadounidense Monroe por apoderarse de toda la América.
Su carta a José M. Cea (marzo de 1822) lo certifica.
Final del formulario
Señor José M. Cea.
Mi querido Cea: Los periódicos traen agradables noticias para la marcha de la revolución de toda América. Parece algo confirmado que los Estados Unidos reconocen la independencia americana. Aunque no he hablado con nadie sobre este particular, voy a darle mi opinión. El Presidente de la Federación de Norte América, Mr. Monroe, ha dicho: “Se reconoce que la América es para estos”.
¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! Hay que desconfiar de esos señores que muy bien aprueban la obra de nuestros campeones de liberación, sin habernos ayudado en nada: he aquí la causa de mi temor. ¿Por qué ese afán de Estados Unidos en acreditar Ministros, delegados y en reconocer la independencia de América, sin molestarse ellos en nada? ¡Vaya un sistema curioso, mi amigo! Yo creo que todo esto obedece a un plan combinado de antemano; y ese sería así: hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera. Esto sucederá, tal vez no hoy; pero mañana sí. No conviene dejarse halagar por estos dulces que los niños suelen comer con gusto, sin cuidarse de un envenenamiento.
A mí las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República.
La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual.
¿Qué hay sobre las mercaderías de que me habló en su última? Yo creo que conviene comprarlas, porque se hacen aquí constantes pedidos. Incluyo en ésta una carta para mi padre, que mandará en el primer buque que vaya a Valparaíso.
Soy de Vd. Su obediente servidor
Diego Portales
Newman está enfermo, pero sigue mejor.
Podemos comprobar que en esa época aún, oscura y de difícil tránsito como país pequeño y pobre recién independizado, hubo personajes de manos durísimas –muchas veces criminales y cobardemente asesinas- que, no obstante, ya pretendían que nuestro querido Chile podía y debía ser una república honorable y respetada.
Aunque tales objetivos y nobles deseos apuntaban preferentemente a reforzar el poder económico, social y político de una sola clase social: la de los terratenientes y mineros.
Portales fue el mejor ejemplo de ello.