Ante un mundo complejo y en riesgo, Moscú busca articular a la izquierda global

Arturo Alejandro Muñoz
La conocida canción interpretada por Víctor Jara, “Usted, no es ná, no es chicha ni limoná” refleja –en gran medida- la actual realidad político-partidista del chileno medio. Aunque el tema también puede ser materia de estudio e investigación por parte de los historiadores, me permito recordar que nuestro país nació bajo la cobija del militarismo español, y no a golpe de chuzo, hacha y navaja de los aventureros, como sucedió en casi todo el resto del continente americano.
Ningún ‘cazafortunas’ español, inglés ni francés quería adentrarse en este último rincón del mundo, donde escaseaban los metales preciosos y abundaba la belleza natural tanto como la maza, lanza y boleadora mapuche, por lo que don Carlos V hubo de enviar oficiales y soldados de su propio ejército profesional a fin de preservar, en manos hispánicas, el entonces único paso interoceánico del Atlántico al Pacífico: Cabo de Hornos, que a pesar de los cuidados del soberano ibérico, marinos y piratas ingleses cruzaron tantas veces como se lo propusieron.
Fue así que Chile se convirtió en una larga y angosta faja de fuertes militares con pretensiones de aldeas, donde la vida cotidiana se ciñó a las órdenes y reglamentos de la soldadesca más que a las decisiones de sus habitantes, justificando la verticalidad social con el argumento aquel que señalaba el perenne peligro emanado de la dureza bélica del entorno perteneciente a la corajuda etnia mapuche, la cual defendía su territorio e historia con bravura heroica luchando sin dar ni pedir tregua contra los invasores europeos de la cruz y la espada.
Es probable que lo anterior sea insuficiente para explicar el carácter ‘disciplinado y conservador’ del chileno promedio, pero poca duda cabe que es una de las principales variables en su conformación, la que por cierto se completó a través del respeto casi irrestricto a la autoridad, sea esta digna o indigna de ser considerada como tal.
Y de ese reverencial respeto se pasó a la casi religiosa obediencia al ‘patrón’, superando leyes y avances ya que ni siquiera las recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo han hecho mella en la acorazada epidermis del mundo empresarial ni en la obsecuente actitud de la mayoría de los chilenos en relación a sus jefaturas y mandamases, por muy temporales que esas instancias puedan ser.
Durante años (décadas, en verdad) hemos responsabilizado “al sistema” como causante de los estropicios a que ha sido sometida nuestra sociedad civil por parte de un grupo de poderosas familias enquistadas en la banca, los negocios, las fuerzas armadas, la prensa, la iglesia y la política.
Cierto es…el sistema posee enorme responsabilidad en ese aherrojamiento ciudadano, pero mayor es la incidencia de nuestras raíces históricas, ya que –insisto- este país fue parido por órdenes monárquicas ante necesidades militares de un imperio europeo, y no por la creatividad, ingenio, maldad o bondad de aventureros que construyeron naciones a punta de esfuerzos, ambición, inventiva y tenacidad, como ocurrió en el resto del continente americano.
Nuestro pueblo se niega a ser independiente, se niega a informarse, se niega a ser auténticamente libre y auténticamente demócrata. Políticamente hablando, nuestro pueblo, y no se trata de un asunto que haya nacido recién, es cómodo, pusilánime y doble estándar, ya que dice lo que no piensa, hace lo que no dice, y piensa lo que calla, pues de esa manera jamás se compromete con nada ni con nadie, lo que le permite luego negar lo afirmado alguna vez y desandar lo caminado para cambiar de ruta apenas se produzca la oportunidad.
Los países, como los antiguos imperios, declinan resbalando por el tobogán del fracaso cuando sus sociedades dejan de asombrarse ante los delitos e inmoralidades cometidas por quienes les gobiernan.
Ocurre en Chile. Hay una verdadera podredumbre en las cofradías políticas y empresariales que ya ni extraña ni alarma. Ese es un grave peligro para una sociedad que siempre se ha jactado de la honestidad de sus legisladores, gobernantes e instituciones, se vanaglorió de ella frente a sus pares del subcontinente, e imaginó hacer patria a partir de tal virtud.
En menos de dos décadas todo cambió, menos el nivel de asombro de los chilenos, perdido en el período dictatorial a fuerza de bayonetas, desapariciones, prohibiciones, censuras, asesinatos y apropiaciones criminales de empresas del Estado.
El miedo al militarismo le otorgó franquicia de «patriotismo» al delito. Una vez retornado el país al sistema dizque democrático, la franquicia no fue revocada. De ahí que Chile soporte situaciones vergonzosas que hablan mal de los niveles culturales y políticos del pueblo que lo habita.
Nos acostumbramos a convivir con ladrones, nos habituamos a ser gobernados por corruptos, traidores y mentirosos, por expoliadores de los recursos naturales, por clasistas sin límites, bravucones e ignorantes. No sólo nos acostumbramos a todo ello sino, además, un significativo porcentaje de nuestra sociedad civil decide cada cierto tiempo -elecciones mediante- ser gobernado por delincuentes.