Disquisiciones de un Don Nadie

 Arturo Alejandro Muñoz

Si hubiese un personaje relevante en la Historia de Chile que a la derecha le agradaría tener en el presente, con rango de alta autoridad, no sería otro que el Corregidor de Calicanto, don Luis Manuel de Zañartu e Iriarte.

–¡Mi señor San Pedro! –le replicó el alma de Zañartu antes de que aquel diera vuelta para entrar (al cielo)–. ¿No me ha bastado levantar un monasterio para tener entrada franca al cielo?

–Mucho mérito es ese –le contestó San Pedro–. Pero no el suficiente.

–Aguárdese, mi señor San Pedro. Hice el puente de Calicanto.

–Muy bueno es el trabajar; pero, ¿cuántos han muerto a consecuencia de los trabajos de ese puente?

–Unos mil hombres, poco más o menos.

–¡Friolera! Con ese pasaporte no se entra, amiguito.

Diciendo esto, San Pedro pretendió entrarse. Pero Zañartu lo volvió a detener con voz suplicante:

–¡Mi señor San Pedro! He sido Corregidor cerca de veinte años.

–No basta, no basta.

–He sacrificado a mis dos hijas, encerrándolas en el monasterio.

–Digo que no basta.

–¡Aguárdese, mi señor San Pedro! Soy Caballero de Oñate.

San Pedro se rio, y le dijo:

–Aquí no llegan esas tontas vanidades.

–¡Qué no diera yo por tener aquí mi vara de Corregidor! ¡Ya veríamos dónde quedaba este santo tan porfiado!

Esto decía Zañartu a media voz, mientras San Pedro hablaba recio con el ángel, a quien le decía que si aquél hubiese hecho alguna obra de caridad ya estaría dentro del paraíso.

–¡Mi señor San Pedro! –le interrumpió Zañartu–. Obra buena he hecho en perseguir y castigar a todos los bellacos, zambos, mulatos y bribones de Santiago de Chile.

–¡Más miramiento! –le gritó San Pedro haciendo sonar las llaves–. Esas palabras no pueden pronunciarse aquí.

Entonces Zañartu se acordó de que San Pedro había sido pescador, y por eso murmuró entre dientes:

–Como éste fue un plebeyo, le duele lo que digo.

(“La Cañadilla de Santiago. Su historia y sus tradiciones. 1541-1887”. Justo Abel Rosales).

Esta escena, de la obra indicada, refleja en propiedad el carácter de una clase social que mediante el uso de la fuerza se ha apropiado del país, de sus recursos y de su gente, soslayando las más esenciales normas de convivencia y justicia en orden a mantener sus privilegios de casta y sus posesiones (muchas de ellas –si no todas- mal habidas).

Si bien es cierto, gran parte de la alta oficialidad de las fuerzas armadas corresponde a miembros de tales familias, bueno es apuntar que es dable encontrar también una oficialidad proveniente de hogares más modestos. Respecto de este último apunte conviene recordar  (y es solo un ejemplo al paso) que al general Carlos Ibáñez del Campo la alta sociedad chilena lo tildó de “milico medio pelo”.

La casta más “natosa” de nuestra burguesía chilensis –aunque no lo manifieste públicamente- siente aversión por aquellos individuos que se han empinado en la pirámide política-social merced a contar con una de estas dos herramientas: armas o dinero. Carlos Ibáñez tenía la primera… Sebastián Piñera, la segunda.  En ambos casos, esa burguesía fue atravesada por el mismo sentimiento que solo manifestaba sotto voce: vergüenza.  En rigor esencial, el Corregidor Zañartu era dueño de ambas, agregando a ello una procedencia de cierta estirpe aristocrática hispana que, a decir verdad, hoy interesa un  huevo.

Me gusta imaginar, en tardes de siesta y devaneos intelectualoides, a Iván Moreira rogándoles a santos y ánimas predilectas le permitan encontrar  en su árbol genealógico algún pariente que haya sido, a lo menos, primo hermano de duque o de conde en la añosa Historia de España. Vano intento, pues no logra pasar más allá de la barra del bar puntarenense donde cursó sus “estudios iniciáticos” para ser apapachado por los trogloditas de la CNI  magallánica en los prolegómenos de la dictadura militar.

No es el caso de otros conocidos derechistas, como Ena von Baer, Johannes Kayser  y José Antonio y Felipe Kast, a quienes les resulta suficiente mostrar un origen germánico, aunque en cierta medida este se encuentre comprometido con campos de concentración tipo Auschwitz… cuestión que por cierto a la pequeña pero poderosa cofradía yanacona judía asentada en el país poco le importa ni le molesta, pues el verdadero interés del asunto reside en formar parte de las troikas y mafias que controlan los negocios, la banca y la gente;  y ello, cuestión que a Hitler y Bormann les hubiese parecido abominable, ocurre… y ocurre en Chile.

Claro que más espantoso habría sido para esos dos líderes del NSDAP constatar que sus seguidores en nuestro país resultan ser unos mestizos negroides de mechas tiesas, cogotes cortos y neuronas escasas; y ni hablar si se enterasen de cómo los gobiernos israelitas utilizan contra los palestinos algunas de las mismas “técnicas de corrección racial” que los arios de las SS aplicaron en Polonia, Checoslovaquia y en todos los territorios invadidos por ellos entre los años 1939 y 1945.

Pero, recapitulando lo dicho y ahora hablando muy en serio, creo que en la extrema derecha chilena (me refiero a la derecha política) es posible encontrar un individuo que banderee  algunos añejos antecedentes de “relevancia aristocrática” en materias de representación del país. Se trata de Jovino Novoa. Uno de sus antepasados (que usaba el mismo nombre de pila), estuvo presente defendiendo los intereses, dizque nacionales de Chile, en las negociaciones de paz luego de terminada la Guerra del Pacífico (1879-1883), conversas sostenidas junto a delegados no sólo de Perú sino, también (¡¡era que no!!) de Inglaterra y Estados Unidos.

Obviamente, el señor Novoa se jugó el todo por el todo para que la postura e intereses de la corona británica fuesen los vencedores… como finalmente ocurrió (¿o no, míster John North?). Me gustaría conocer la opinión que Gemita Bueno y su madre tienen al respecto. Seguramente aplaudirían… mal que mal, en la comuna de Codegua (región de O’Higgins) a la madre de doña Gemita le cambió la vida, para muy mejor, apenas su hija ‘desmintió’ judicialmente lo que durante meses había asegurado ante el tribunal.  Y para incrementar la extrañeza, el propio Claudio Spiniak, una vez que abandonó el ‘chucho’, se radicó…¿dónde?, en Codegua… mishh…

¿Montt, es un apellido de raigambre catalana? ¿Y allá, en Cataluña, posee alguna relevancia en cuanto a heráldica barata y pomposidad histórica? Y si así fuese, ¿qué importa? Mis preguntas no corresponden a cuestiones fútiles, ni mucho menos, pues en esto de los apellidos y blasones hay demasiado paño que cortar. 

Vea usted el caso de mi propia familia, que emigró de la península ibérica allá por el año 1915… ¡¡Muñoz!!… ese apellido mío (en Chile al menos) tiene menos cuerpo que un zancudo, a pesar del insigne y ‘noble’ Luis Muñoz de Guzmán,  uno de los Gobernadores españoles más importantes en la época colonial, el cual presidió con maestría y elegancia el Reino de Chile entre 1802 y 1808, dado que gracias a su gobierno florecieron notablemente la cultura y las artes, así como también  se realizaron innumerables obras públicas. 

Pero, ¿a quién podría importarle hoy aquello de “la cultura y las artes”? ¿A usted le importa ello? Sea franco…

En fin, me parece que definitivamente tipejos como Iván Moreira y Ernesto Silva tienen mejores perspectivas que yo y que usted en esto de agenciarse blasones merced al ladronaje que les apoya y financia. PENTA y SQM mediante, claro está.