LA PALABRA ESCRITA ¿FORMA PARTE DE LA CULTURA EN CHILE?

Arturo Alejandro Muñoz

“¡¡Muera la inteligencia, viva la muerte!!”, gritó el general Millán-Astray, en una ya histórica confrontación con  Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca al momento de iniciarse la guerra civil española, el año 1936. Ese “mueran los intelectuales” con que despidieron a Unamuno con gritos y silbatinas los franquistas, es lo que algunos ‘ninjas’ del neoliberalismo rampante chileno quisieran poner en práctica.

Unamuno, viejo sabio y profeta, les respondió: “venceréis porque tenéis la fuerza… pero no convenceréis”. Y así ha ocurrido.

Quienes pertenecen a una de las generaciones ‘de antes” seguramente son también hijos de una educación tradicional, academicista y bibliográfica, lo cual les convierte en personas dueñas de un cerebro atestado de datos, números, frases y eventos que hoy, siendo brutalmente sincero, para las generaciones de la post guerra fría constituyen más bien lastre que beneficio.

En algún momento del normal tránsito de la Historia reciente hubo un giro en las formas de educación que, a su vez, abrieron espacios a nuevas estructuras de culturización, las que comenzaron a transitar por las líneas virtuales de la cibernética hasta asfixiar a la vieja manera de aprender. A partir de allí, el destino del libro –parafraseando a García Márquez- fue la crónica de una muerte anunciada.

¿Fue así en realidad? ¿Ha muerto la palabra escrita? ¿Murió el libro? Apuesto mis fichas a  la –todavía- buena salud de la novela, del cuento, del poema, del escrito que pretende ser ayuda memoria. Las múltiples y exitosas Ferias existentes en América Latina corroboran y avalan mi sentir. Guadalajara, Buenos Aires, Santiago… ¿las mejores? Tal vez no, pero sí las más visitadas.

Sin embargo, los editorialistas, los libreros, ergo, los que de verdad ganan dinero con los libros (cuestión que les resulta ajena y distante a los mismos escritores), terminada la Feria del Libro de Buenos Aires, hicieron piel las palabras de  Fernando Darío Roperto, quien expuso lo siguiente:

“Al finalizar la apertura de la escritora de «El fantasma de las invasiones inglesas» y «Las viudas de los jueves», Martín Gremmelspacher, el presidente de la Fundación El Libro, habló sobre el difícil momento que está atravesando toda la industria editorial. “A la caída de las ventas del 2016 se suma la del 2017 del cinco al diez por ciento, dependiendo del tipo de editorial. La producción editorial, a su vez, cayó un 20 por ciento según datos del registro del ISBN. Lo que acumulado implica una caída de no menos del 30 por ciento en los dos últimos años” El presidente de la Fundación El libro reclamó una vez más, como lo viene haciendo en cada inauguración, la exención del IVA al papel”.

La triste y dura verdad es posible que asista a los sentires y dolores de esos editorialistas. En mi caso  particular puedo informar que la vieja y muy querida editorial virtual “Libros Tauro” (de Argentina) dejó de existir, de un momento a otro, sin haber entregado las causas del deceso. Muerte súbita… algo que ya es rutina en el deceso de editoriales.

Soy –y siempre he sido un hombre de ideas izquierdistas, amante de los libros, cliente sempiterno –por ejemplo- de las ediciones publicadas y puestas a la venta por la desparecida Editorial ‘Quimantú’ en el gobierno de Salvador Allende y de la Unidad Popular, cuando la cultura –la de verdad- estaba al alcance de todas las clases sociales. De todas, sin ambages ni restricciones. 

Es un hecho cierto que la Historia no gusta ni conviene a los derechistas latinoamericanos porque los condena. Tampoco les gusta ni les conviene la existencia de una literatura libre, soberana, pues ella –si fuese leída por las mayorías de una sociedad- mostraría la real situación de un país sometido al arbitrio de los dueños del capital y de sus colaboradores, los parlamentarios y políticos de la derecha económica transnacional.

Por ello, a los verdaderos demócratas les resulta vital defender las publicaciones efectuadas por la prensa independiente y por las redes sociales., ya que ellas hablan –sin tapujos ni mezquinos intereses-  de la realidad de un país que el establishment mantiene en el olvido y en la desesperanza.

Ese antiguo grito fascista, ‘muera la inteligencia, mueran los intelectuales’, es el verdadero sentir de quienes creen ser dueños de las decisiones históricas.  Sería conveniente que ellos recordaran –ya que de Historia estamos hablando- la frase expresada por Cicerón en el Senado romano, pocos años antes del nacimiento de Cristo: “Quosque tándem abutere Catilina patientia nostra”…cambie usted  el ‘Catilina` por…neofascistas:  (“¿Hasta cuándo, neofascistas, abusan de nuestra paciencia?).

El libro, la Historia, la novela, el ensayo, el cuento, el poema…son enemigos declarados del totalitarismo economicista que apaña este gobierno, el cual los ataca tratando vanamente de borrarlos.