LAS MORENAS DE SAN PANCRACIO Y LA MONEDA DE ORO

Arturo Alejandro Muñoz

Cuentan los viejos campesinos y leñadores, laceros y mineros que deambulan por los cerros del Cordón de Cantillana frente a Coltauco, que a 400 metros de altitud hay un lugar de acceso extremadamente difícil para cualquier humano, allí existe una poza con aguas cristalinas, rodeada por parajes encantadores a los cuales es extremadamente difícil llegar.

¿Existe un lugar así en Coltauco’? ¿O existió alguna vez? Los coltauquinos más ancianos aseguran que sí. Y defienden su postura alegando que, por algo, y no por nada, existe una leyenda nacida en aquel sitio. Es la leyenda de las Morenas de San Pancracio y la moneda de oro (o ‘dioro’).

Algunos campesinos contaban que, mucho tiempo atrás, cinco muchachones mapuches lograron arribar a ese sitio encantador. Disfrutaron del paisaje y de las aguas de la poza. Comieron frutas silvestres a voluntad, y como les sorprendió la noche, decidieron hacer fuego y dormir en el lugar.

Pero, inusitadamente, la luna menguante iluminó con fuerza el lugar y desde los matorrales aparecieron cuatro muchachas, cuatro morenas hermosas ataviadas con trajes y platería mapuche. Sin decir palabra, se sentaron en torno a la hoguera mientras los jóvenes no se atrevían a decir palabra alguna.  “¿Quiénes son ustedes?”, preguntó tímidamente el muchachón que oficiaba como jefe del grupo. Una de las mujeres contestó en mapudungún: <<somos las morenas de San Pancracio; él nos destinó a cuidar este lugar sagrado>>

Cuenta la leyenda que las cuatro morenas cantaron y rieron junto a los muchachos, a quienes alhajaron con suaves hojas de árboles y les perfumaron con flores aromáticas, sin dejar nunca de cantar melodías desconocidas por ellos. Terminado ese proceso, una de las morenas preguntó: “¿ustedes tienen algunas monedas?”.  No tenían. “¿Ni siquiera una modesta monedita?”. No, ni tan siquiera eso.

Entonces, abruptamente, todo cambió. Las mujeres se transformaron en enormes águilas y atacaron a los hombres, desgarrándoles la piel, y tres de ellos les arrancaron los ojos a picotazos. Luego, revisaron las vestimentas y bolsicos de los varones en busca de monedas. Al no hallarlas, volaron raudas hacia las alturas del monte y desparecieron de escena.

Medio siglo más tarde, otro joven (también mapuche) se aventuró y alcanzó esos parajes. Iba en busca de “las morenas de San Pancracio”. Estuvo dos días frente a la poza esperando inútilmente la llegada de las mujeres.  Al tercer día decidió meterse al agua, desnudo claro está.

La cantarina voz de una mujer respondió a sus expectativas. Cuatro jóvenes muchachas surgieron desde los matorrales. Sonreían, y sus rarilonkos y trapelacuchas parecían brillar bajo la débil luz de la luna. Al momento que las chiquillas se sentaron en torno a la pequeña fogata, el joven mapuche salió presto del agua y, desnudo, las encaró. <<Sé quiénes son ustedes, morenas de San Pancracio, y también sé qué es lo que buscan; ¿monedas, verdad? Yo tengo monedas>>

<< ¿Entre tus monedas está aquella que es ‘dioro’ y tiene la cara de fray Tomás de Torquemada?>>, preguntó una de las morenas, la más bella de las cuatro. <<Andas con suerte -respondió el joven- esa moneda con el rostro del maldito inquisidor Torquemada también la tengo, pero no la regalo ni la presto gratuitamente>> 

<< ¿Qué pides por ella?>> inquirió la morena, gesticulando nerviosamente con ojos encendidos, inquieta y deseosa de ver la mentada moneda.

<< Sólo exijo dos cosas. Primero, que San Pancracio me bendiga permitiéndome obtener riquezas prontamente>>

<<Cuenta con ello>> respondió presurosa la morena. << ¿Y cuál es tu segunda exigencia?>>

<<Que ustedes cuatro se hinquen junto a mí y recemos un rosario dedicado a San Pancracio>>

De inmediato el mundo se vino a negro. Todo cambió en milésimas de segundo. Las morenas se transformaron en enormes gárgolas amenazantes y rodearon al joven dispuestas a destrozarlo, a la vez que a voz en cuello gritaban en coro: <<la moneda, la moneda, la moneda ‘dioro’, entréganos la moneda o te mueres aquí mismo y llevamos tu alma a las manos de nuestro patrón>>

<<Escucha jovenzuelo -terció otra de las morenas con mucha ira en su voz – te aseguro que no querrás conocer nunca a nuestro amo. Él necesita esa moneda en la que está el rostro de su protegido, y nosotras tenemos que llevársela. En esta zona los soldados del rey de España la perdieron en el siglo diecisiete. Danos la moneda y podrás irte, o morir, si nos has mentido>>

El joven, apuró tembloroso la respuesta.

<<Cálmense, la moneda no estaba en mis ropas, la tengo bien segura en otro lugar>> Y recogió del suelo una bota de cuero mostrándola a las gárgolas que se aproximaron para observarla a placer

<< Está dentro de esta bota>> dijo el muchacho abriendo su boca y derramando en su interior el líquido que contenía la bota de cuero. 

Inesperadamente, el joven escupió el líquido lanzándolo al cuerpo de las cuatro mujeres, como si hubiese sido una regadera.

Fue instantáneo. Las gárgolas comenzaron a humear despidiendo un desagradable hedor. Se trasformaron nuevamente en las morenas muchachas, y estas, gritando despavoridas e insultando al joven mapuche, cambiaron -otra vez- sus bellos rostros por un continente físico pavoroso, plagado de verrugas y carachas sanguinolentas. Con gritos y chillidos desaparecieron del lugar convertidas en vaho. “Volveremos, volveremos, y te buscaremos”.

Pero, ¿qué era ese líquido que él escupió a las caras de las morenas transformándolas en horribles engendros? Nunca lo dijo. Sin embargo, años más tarde se supo que se trataba de una extraña mezcla: agua bendita, ruda, ají cacho de cabra y hojas de canelo. Una fórmula mapuche-cristiana para derrotar al mal.

Hoy, algunos valientes intentan encontrar aquel lugar en el cordón de Cantillana, desde donde se puede observar el río Cachapoal. Buscan valiosas monedas antiguas, quieren riquezas y dicen no tener miedo porque van premunidos de botellas con agua bendita, ruda, ají cacho de cabra y hojas de canelo.

Creen estar seguros con esa pócima…eso creen.