Rixi Moncada: una voz antiimperialista en Montevideo. Por Lois Pérez Leira
Rixi Moncada: una voz antiimperialista en Montevideo. Por Lois Pérez Leira
Rixi Moncada: una voz antiimperialista en Montevideo
Por Lois Pérez Leira
El Tercer Congreso Panamericano, celebrado en Montevideo, reunió a legisladores, autoridades y referentes de fuerzas de izquierda y progresistas de quince países bajo el lema “Solidaridad entre los Pueblos. Soberanía entre las Naciones”. Sin embargo, entre la marea de intervenciones caracterizadas por el diagnóstico tibio, el formalismo diplomático y la complacencia institucional, emergió con fuerza continental una excepción radical: la contundente, breve y profunda exposición de Rixi Moncada.
Mientras gran parte de la dirigencia progresista regional opta por discursos ligeros, vacíos de confrontación ideológica y temerosos de nombrar los antagonismos reales, Moncada sacudió el plenario uruguayo demostrando que a pesar de que el discurso fue muy corto, cada palabra tenía un contenido antiimperialista. Su intervención no solo disecó con precisión quirúrgica el estado crítico del orden internacional, sino que desnudó las nuevas formas de dominación imperial que asfixian a América Latina y el Caribe.
El gran déficit del progresismo contemporáneo radica en su manía eufemística, en su tendencia a maquillar las relaciones de subordinación bajo conceptos abstractos. Frente a esa diplomacia de salón y a los discursos vacíos de los dirigentes progresistas, el mensaje expuesto en Montevideo rompió moldes al reinstalar la dicotomía histórica y estructural que define el destino de la región: Imperialismo o soberanía.
Moncada no habló desde la comodidad teórica, sino desde la carne viva de los procesos sometidos al castigo geopolítico. Recordó con crudeza los hechos que marcan el presente hemisférico —desde la agresión militar en Venezuela y el bloqueo criminal a Cuba, hasta las injerencias electorales directas y el uso de aranceles y sanciones como garrotes económicos—. Frente al silencio cómplice o la parálisis de organismos multilaterales, su intervención recordó que cuando una potencia extranjera decide quién gobierna, la democracia sencillamente deja de existir.
El contraste con la verbosidad inofensiva que suele inundar estos foros quedó expuesto al señalar cómo la agresión actual se disfraza de modernidad tecnológica, guerra híbrida, lawfare y manipulación algorítmica. Mientras muchos líderes se pierden en debates tecnocráticos desprovistos de brújula geopolítica, la postura defendida en Montevideo exigió sacudirse las tutelas y entender que la multipolaridad mundial solo es útil si sirve para afirmar una tesis inclaudicable: relacionarse con todas las naciones del planeta, pero someterse a ninguna.
Cada frase pronunciada funcionó como un bisturí ideológico, recordando que la soberanía popular no se declama, sino que se ejerce democratizando la economía y rompiendo las cadenas de la dependencia financiera, energética y tecnológica.
Por Lois Pérez Leira
El Tercer Congreso Panamericano, celebrado en Montevideo, reunió a legisladores, autoridades y referentes de fuerzas de izquierda y progresistas de quince países bajo el lema “Solidaridad entre los Pueblos. Soberanía entre las Naciones”. Sin embargo, entre la marea de intervenciones caracterizadas por el diagnóstico tibio, el formalismo diplomático y la complacencia institucional, emergió con fuerza continental una excepción radical: la contundente, breve y profunda exposición de Rixi Moncada.
Mientras gran parte de la dirigencia progresista regional opta por discursos ligeros, vacíos de confrontación ideológica y temerosos de nombrar los antagonismos reales, Moncada sacudió el plenario uruguayo demostrando que a pesar de que el discurso fue muy corto, cada palabra tenía un contenido antiimperialista. Su intervención no solo disecó con precisión quirúrgica el estado crítico del orden internacional, sino que desnudó las nuevas formas de dominación imperial que asfixian a América Latina y el Caribe.
El gran déficit del progresismo contemporáneo radica en su manía eufemística, en su tendencia a maquillar las relaciones de subordinación bajo conceptos abstractos. Frente a esa diplomacia de salón y a los discursos vacíos de los dirigentes progresistas, el mensaje expuesto en Montevideo rompió moldes al reinstalar la dicotomía histórica y estructural que define el destino de la región: Imperialismo o soberanía.
Moncada no habló desde la comodidad teórica, sino desde la carne viva de los procesos sometidos al castigo geopolítico. Recordó con crudeza los hechos que marcan el presente hemisférico —desde la agresión militar en Venezuela y el bloqueo criminal a Cuba, hasta las injerencias electorales directas y el uso de aranceles y sanciones como garrotes económicos—. Frente al silencio cómplice o la parálisis de organismos multilaterales, su intervención recordó que cuando una potencia extranjera decide quién gobierna, la democracia sencillamente deja de existir.
El contraste con la verbosidad inofensiva que suele inundar estos foros quedó expuesto al señalar cómo la agresión actual se disfraza de modernidad tecnológica, guerra híbrida, lawfare y manipulación algorítmica. Mientras muchos líderes se pierden en debates tecnocráticos desprovistos de brújula geopolítica, la postura defendida en Montevideo exigió sacudirse las tutelas y entender que la multipolaridad mundial solo es útil si sirve para afirmar una tesis inclaudicable: relacionarse con todas las naciones del planeta, pero someterse a ninguna.
Cada frase pronunciada funcionó como un bisturí ideológico, recordando que la soberanía popular no se declama, sino que se ejerce democratizando la economía y rompiendo las cadenas de la dependencia financiera, energética y tecnológica.