Arturo Alejandro Muñoz

Durante la pasada campaña presidencial, en sus primeras incursiones en planteles universitarios y en un par de poblaciones, José Antonio Kast experimentó la crítica y el rechazo. Se sorprendió, claro que sí. Nunca imaginó que ese Chile ubicado varios peldaños más abajo que el suyo en la pirámide social pudiese manifestarse en su contra con tanta virulencia. Pero, sumando y restando, salió ganancioso, pues si bien difícilmente sus ideas obtendrían voto mayoritario en esos lugares, es un hecho cierto que ante los ojos de la masa clasemediera nacional -que se informa preferentemente a través de los mañosos noticieros de la televisión-, quedó enhiesta y sólida su imagen de hombre serio, respetuoso, culto y…he aquí el peligro mayor… democrático y pacifista.
El lamento en su favor expresado por muchos ‘progresistas’ que dicen defender el derecho a opinar (en este caso, el de un totalitario devenido en político dizque republicano), alimentan el objetivo del propio Kast, cual es deslegitimar la democracia y ponerle bozal a los sectores juveniles de izquierda, y a la izquierda misma. Subsiste, en cambio, un horizonte problemático para la propia derecha tradicional y ortodoxa. Las arremetidas fundamentalistas de un hombre como Kast –que pretende ser el censor y cuestor de la actual vida social y política de nuestro país- pueden convertirse en un asunto inmanejable para la UDI y RN.
Tal vez se haga carne el viejo dicho español: los cuidados del sacristán mataron al señor cura. Los hoy deshuesados ‘comandantes’ derechistas –como Chadwick, Melero, Larraín y otros- están atentos y preocupados. El ‘asunto’ Kast es un arma de doble filo incluso para el mismo mega empresariado que lo ha cobijado y aplaudido.
Como lo dijimos en líneas anteriores, la ultraderecha decidió “salir nuevamente a la calle, a tomarse la calle”, tal cual ya lo había hecho la UDI en poblaciones y campamentos durante los años finales de la dictadura y a comienzos de la transición. La izquierda en cambio –la ‘oficial’, la de la Nueva Mayoría la del Frente Amplio- “hace calle” solamente en períodos de elecciones, y se contenta con marcar presencia en las redes sociales.
Sin embargo, esta última práctica no consigue un buen producto en política partidista. La fría realidad ha demostrado que las redes sociales tienen un bajo poder de influencia en las masas ciudadanas a la hora de concurrir a sufragar. Es en la calle, en la población, en la fábrica, en la mina, en el campo (y frente al aparato de televisión), donde se halla la gran masa de chilenos
Recurriendo a la Historia, podemos decir que la vieja izquierda –esa que ya no existe porque se atomizó convirtiéndose en un archipiélago de pequeños grupos y referentes- caminó avenidas, recorrió campos y villorrios, ‘hizo calles’, llenó plazas y encendió paraninfos académicos y estudiantiles… pero ello fue en otros tiempos, cuando había una razón poderosa para mantenerse unida. Hoy, pareciera que incluso muchos de sus seguidores perdieron la fe en sus capacidades al creer –y tal vez tengan razón-, que el sistema neoliberal se ha consolidado a tal punto que es factible suponer que se administra solo, que no requiere imperativamente la presencia de dirigentes brillantes ni tampoco de eméritos estadistas. Un sistema que –horror de horrores- podría convertirse en ‘civilización’, si usamos términos de la Historiografía.
Al igual que la actual izquierda ’oficial’, esa vieja izquierda histórica, hoy fracturada y sin liderazgo significativo, abandonó también ‘la calle’. La ultraderecha protofascista y neonazi está dispuesta a ocuparla, ayudada incluso por ciertos sectores de aquella misma izquierda atomizada, esa que equivoca el adversario y se confunde al momento de determinar quién o cuál será su compañero de ruta.
Por su parte, la derecha dura, que ya es dueña de la prensa y de la televisión, lo sabe… y actúa en consecuencia. Es consciente que en los actuales tiempos no es posible avanzar en la concreción de su más anhelado objetivo: entronizar en el país un gobierno cercano al fascismo, y obviamente clasista y anti latinoamericanista, sustentado en el “orden y disciplina” que se impone mediante el uso de la fuerza. A la vez, ese ultra nacionalismo, hoy día triunfante electoralmente, tiene bien visualizado que ello está a punto de lograrse, aunque también sabe que primero deberá ordenar el gallinero creado por su propia prensa (en especial la televisiva, para dejar clara –en las mentes populares- la falsa idea de que sólo un gobierno fuerte y ultra nacionalista puede asegurarle paz y tranquilidad al país.
Si Adolf Hitler y el NSDAP lo consiguieron en Alemania en 1933, ¿por qué no podrían hacerlo los ultranacionalistas criollos en el 2026, si ya cuentan a su favor con todos los elementos descritos en estas líneas? Además, con una izquierda convertida en picadillo y una izquierda cooptada por la corrupción y por las cofradías patronales, el camino parece estar allanado
Volvamos a leer las palabras con que titulamos esta nota: “quien olvida la Historia, corre el riesgo de repetirla”. Eso es precisamente lo que desean los sectores ultranacionalistas y neonazis, que los chilenos olviden la Historia.
Por ello la reducen al mínimo como asignatura y materia de estudio en la educación pública.