LEHBIB MOHAMED ABDELAZIZ:LA PRISA POR ALCANZAR LA ETERNIDAD. Por Mohamed ZRUG.
LEHBIB MOHAMED ABDELAZIZ:LA PRISA POR ALCANZAR LA ETERNIDAD. Por Mohamed ZRUG.
LEHBIB MOHAMED ABDELAZIZ: LA PRISA POR ALCANZAR LA ETERNIDAD. Por Mohamed ZRUG.
“El enemigo le quitó a nuestro pueblo su tierra; tenemos que devolvérsela a nuestro pueblo”
Este 9 de junio nuestro pueblo conmemora el cincuentenario del Día de los Mártires. Medio siglo ha transcurrido desde que Luali Mustafa Sayed cayó en combate, inaugurando con su sacrificio una larga galería de hombres y mujeres que hicieron de la libertad una causa más importante que sus propias vidas.
Este año la conmemoración llega acompañada por una herida reciente.
Dos días antes de la fecha señalada, el 7 de junio, cayó en combate Lehbib Mohamed Abdelaziz junto a dos de sus compañeros de armas, Gali Luchaa y Salek Lahsen.
Y no puedo evitar pensar que parecía tener prisa por entrar en la lista.
No la prisa del ambicioso ni la del impaciente. Tampoco la de quien busca un lugar en la historia. Era una prisa distinta, silenciosa, casi imperceptible. La de quien entendió demasiado pronto que la vida vale por aquello que se entrega y no por aquello que se acumula. La de quien recorrió en pocos años un camino que otros necesitan toda una existencia para completar.
La coherencia como destino
Cuatro años atrás fue elegido como uno de los miembros más votados de la Dirección Nacional del Frente Polisario. Ni siquiera se encontraba presente. No lo había pedido. No lo había buscado. Mientras los delegados deliberaban, a él le habían encomendado permanecer en su puesto, cubriendo responsabilidades desde el Cuartel General. Aquel resultado fue el reconocimiento natural de quienes veían en él algo poco frecuente: una coherencia absoluta entre lo que se decía y lo que se hacía.
No recuerdo haber estado en los campamentos sin recibir de su parte una invitación amable para compartir el té y la conversación en su casa. La última fue hace apenas unos meses, durante el bautizo de su hijo Hamdi.
La hospitalidad era en él una segunda naturaleza.
Como también lo eran la modestia, la disciplina y la discreción.
Hablaba poco, escuchaba mucho y trabajaba siempre.
Era de esos hombres cuya sola presencia transmite serenidad. De esos jóvenes que permiten reconciliarse con la idea del futuro. Porque representaban una continuidad moral. Porque parecían inmunes a las pequeñas miserias que suelen deformar a las personas. Porque inspiraban confianza.
Un nombre heredado de la prisión
Cuando nació en un campo de refugiados le pusieron de nombre Lehbib, en honor a su tío, que llevaba dieciséis años preso en una cárcel secreta marroquí, y a sus hermanos, Luali y Jalil, como evocación de otros grandes referentes de la causa nacional. De algún modo, desde su nacimiento llevaba inscrita la huella del destino colectivo de su pueblo. Un nombre heredado de la prisión, del sacrificio y de la resistencia.
Antes de llegar a la universidad ya había estudiado y memorizado el sagrado Corán. Más tarde recorrió todos los niveles de formación militar y académica con una facilidad que sorprendía incluso a sus instructores. Era como si absorbiera cada experiencia con la urgencia de quien presiente que el tiempo nunca alcanza cuando la tarea de liberar a un pueblo sigue inconclusa.
Nada parecía llenarle más que el deber.
Nada parecía satisfacerle más que sentirse útil a su pueblo.
Por eso duele tanto su ausencia.
Porque era demasiado joven.
Porque era demasiado necesario.
Porque representaba una de esas certezas sobre las cuales una comunidad deposita parte de sus esperanzas.
Las tres llamadas
En su casa contaban los días para su regreso.
Quizás hoy.
Quizás mañana.
Siempre mañana si no era hoy.
No pudo compartir con los suyos la Fiesta del Sacrificio. Su lugar estaba en otro sitio, con sus compañeros, decía. Allí donde el horizonte se confunde con las posiciones enemigas. Allí donde el silencio del desierto se rompe con el estruendo de la guerra impuesta. Allí donde los hombres desaparecen durante meses, para volver convertidos en noticia o en leyenda.
Precisamente el mismo día de su muerte, cuando nuestro pueblo aún vivía los ecos de la conmemoración del décimo aniversario de la desaparición física de su padre, había llamado tres veces a su casa.
Las dos primeras llamadas estuvieron acompañadas por el bullicio alegre de una jaima llena de familiares y visitantes. Se escuchaban conversaciones cruzadas, risas, saludos y el ruido inconfundible de una familia reunida.
Pregunté por Lehbib.
No estaba.
Pero se le esperaba.
Como siempre.
—Ojalá llegue pronto —me dijeron.
Quién sabe.
Todavía no habían transcurrido dos horas cuando, mientras me disponía a abordar un vuelo en lejanos confines, recibí en mi teléfono una noticia tan breve como una ráfaga.
Fría como un disparo.
—Ha caído en combate Lehbib Mohamed Abdelaziz junto a dos de sus compañeros.
Leí el mensaje una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Como si las palabras pudieran cambiar de significado.
Como si el error fuera posible.
Como si la realidad pudiera rectificarse.
Antes de abordar hice una tercera llamada.
Quizás esperaba volver a escuchar el bullicio de la jaima y descubrir que todo había sido un error.
Quizás necesitaba que alguien me dijera que la muerte se había equivocado de nombre.
Pero ya no había nada que desmentir.
Solo alcancé a pedir para él y sus compañeros honor y gloria.
Lo que los niños saben
Durante las casi dos horas que duró aquel vuelo pensé en Hamdi, su hijo de apenas seis meses. Pensé en Zeinabu, de tres años, y en Argüía, de seis. Pensé en Nanna, que como las mujeres de Esparta sabía que su amado guerrero regresaría con el fusil o sobre él. Pensé en mi amigo Bulahi, su tío y también figura paterna, que a esas horas estaría recibiendo el golpe más duro de su vida. Pensé en el vacío que acababa de abrirse en una familia acostumbrada a convivir con la espera, pero no con la ausencia definitiva.
En cómo explicarían en casa a mi hijo Sidi por qué su amiga Argüía se encontraba con él desde que falleció su padre. En las preguntas para las que los adultos nunca estamos preparados. En cómo protegerla, aunque fuera por unas horas, de las escenas de dolor que envolvían su hogar.
Pero no hizo falta.
Ella misma encontró las palabras.
Con la serenidad que a veces sólo poseen los niños, le dijo a Sidi:
—Mi padre se fue al Paraíso.
Y después añadió:
—Pero todos están tristes en casa.
En aquella sencilla confesión convivían la fe y la ausencia. La certeza de que su padre había alcanzado el destino reservado a los hombres rectos y la realidad dolorosa de una casa que ya no volvería a ser la misma. Porque incluso cuando el corazón acepta el sacrificio de los mártires, sigue sufriendo la distancia irreparable de quienes ama.
El dron, la impunidad y el mediador
Pensé también en aquellos veteranos combatientes, muchos pertenecientes a la generación de su padre, que lo acompañaban a todas partes. Hombres curtidos por décadas de guerra que parecían rodearlo con una mezcla de confianza, respeto y afecto. Como si vieran en él algo que merecía ser protegido. Como si el futuro de todos caminara un poco en sus pasos.
Durante los días siguientes, ya en mi destino, hubo algo que no dejó de sorprenderme.
Parlamentarios, dirigentes políticos y académicos con quienes me reunía comenzaban nuestras conversaciones expresando sus condolencias por la muerte de Lehbib y sus compañeros tras un ataque de drones marroquíes.
Entonces pensé que habían conseguido exactamente aquello que sus verdugos pretendían evitar. Habían llevado la causa de su pueblo mucho más lejos. Allí donde antes apenas se hablaba del Sáhara Occidental, ahora se hablaba de ellos, de la guerra que les fue impuesta y de la resistencia de un pueblo que continúa reclamando su libertad.
Lehbib y sus compañeros habían llevado esa lucha hasta los confines del mundo. Incluso después de caer.
La muerte de Lehbib y sus compañeros no ocurrió en el vacío. Formaba parte de una realidad más amplia: la de una guerra que algunos pretenden ignorar y que sigue cobrando vidas saharauis mientras la comunidad internacional parece más preocupada por administrarla que por resolver sus causas profundas.
Y pensé inevitablemente en el propósito del enemigo.
Porque el proyectil de los cobardes, lanzado desde un dron que acabó con su vida, no iba dirigido únicamente contra un combatiente.
Buscaban alcanzar algo más profundo: la confianza de un pueblo en sí mismo, la esperanza depositada en sus mejores hijos, la continuidad de una generación llamada a conducir la resistencia.
Al día siguiente llegaba una nueva visita del Enviado Personal del Secretario General de las Naciones Unidas, más cómodo últimamente pareciéndose a Paul Bremer que actuando como mediador imparcial para una paz justa. La ocupación parecía querer recordarle cuál es su verdadero proyecto para el pueblo saharaui: no una solución justa, no una paz digna, sino la eliminación sistemática de quienes encarnan la resistencia. Para cuando llegó a los campamentos, cual Estado sicario, Marruecos le había puesto tres nuevos cadáveres sobre la mesa.
Pero mientras más pensaba en ello, más evidente se volvía una verdad antigua.
Los pueblos pequeños a los que se les niega la libertad durante demasiado tiempo terminan encontrando en sus mártires una fuente inagotable de continuidad.
“Está adentro”
Lehbib lo decía con la diáfana claridad de quien habla desde la convicción más profunda:
“El enemigo le quitó a nuestro pueblo su tierra; tenemos que devolvérsela a nuestro pueblo.”
Y entonces regresaban inevitablemente las palabras de su padre:
“Contamos con vosotros. Y sentíos orgullosos de pertenecer al Frente Polisario.”
Hoy ambas voces parecen encontrarse.
Como si una generación hablara a la otra.
Recuerdo la última vez que lo vi.
Ya nos habíamos despedido cuando salió apresuradamente detrás de nosotros para alcanzarnos. Quería saber qué novedades había en nuestra noble causa. Qué ocurría en ese mundo convulso donde la injusticia y la impunidad continúan dictando el destino de tantos pueblos.
Mientras hablábamos, Zeinabu corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.
Temía una nueva partida.
Quizás intuía, con esa sabiduría silenciosa que poseen los niños, que algunos abrazos duran menos de lo que el corazón necesita.
Él la levantó en brazos.
Y nosotros, por alguna razón, ya no encontramos palabras verdaderamente importantes que decir.
Tal vez porque las palabras suelen resultar insuficientes frente a quienes miran a la muerte a los ojos como parte de su rutina cotidiana.
Lehbib parecía caminar siempre acompañado por una inmensa responsabilidad a cuestas.
Todas las veces posteriores en que pregunté por él recibí la misma respuesta:
—Está adentro.
Y ese “adentro” saharaui tiene un significado especial.
Quiere decir lejos.
Quiere decir en misión.
Quiere decir en combate.
Quiere decir exactamente donde la nación necesita a sus hijos.
No desaparecen. Se multiplican.
Toda su formación religiosa. Todo su adiestramiento militar. El destino impuesto a su pueblo. El ejemplo de sus mayores. Todo parecía conducirlo hacia una misma estación final.
La de los mártires.
A costa de la compañía de Hamdi.
A costa de las sonrisas de Zeinabu y Argüía.
A costa del dolor inmenso que hoy deja en quienes lo conocieron.
Pero también con la certeza de que algunos hombres no desaparecen cuando mueren.
Se multiplican.
Permanecen vivos en la memoria colectiva.
Continúan caminando junto a su pueblo.
Este 9 de junio, cuando recordemos a Luali Mustafa Sayed y a medio siglo de sacrificios, el nombre de Lehbib Mohamed Abdelaziz ocupará su lugar entre quienes transformaron su propia existencia en un acto de servicio.
No será recordado solamente como el hijo de un líder histórico.
Ni como un joven brillante.
Ni siquiera como un destacado cuadro político y militar.
Será recordado por algo mucho más sencillo y mucho más grande.
Porque cuando llegó su hora, entregó exactamente aquello que siempre estuvo dispuesto a ofrecer.
Su vida.
Gloria eterna a Lehbib Mohamed Abdelaziz, a Gali Luchaa y a Salek Lahsen, y a todos quienes les antecedieron, en esta larga procesión hacia la libertad.
Mohamed ZRUG
9 de junio, Mesoamérica
“El enemigo le quitó a nuestro pueblo su tierra; tenemos que devolvérsela a nuestro pueblo”
Este 9 de junio nuestro pueblo conmemora el cincuentenario del Día de los Mártires. Medio siglo ha transcurrido desde que Luali Mustafa Sayed cayó en combate, inaugurando con su sacrificio una larga galería de hombres y mujeres que hicieron de la libertad una causa más importante que sus propias vidas.
Este año la conmemoración llega acompañada por una herida reciente.
Dos días antes de la fecha señalada, el 7 de junio, cayó en combate Lehbib Mohamed Abdelaziz junto a dos de sus compañeros de armas, Gali Luchaa y Salek Lahsen.
Y no puedo evitar pensar que parecía tener prisa por entrar en la lista.
No la prisa del ambicioso ni la del impaciente. Tampoco la de quien busca un lugar en la historia. Era una prisa distinta, silenciosa, casi imperceptible. La de quien entendió demasiado pronto que la vida vale por aquello que se entrega y no por aquello que se acumula. La de quien recorrió en pocos años un camino que otros necesitan toda una existencia para completar.
La coherencia como destino
Cuatro años atrás fue elegido como uno de los miembros más votados de la Dirección Nacional del Frente Polisario. Ni siquiera se encontraba presente. No lo había pedido. No lo había buscado. Mientras los delegados deliberaban, a él le habían encomendado permanecer en su puesto, cubriendo responsabilidades desde el Cuartel General. Aquel resultado fue el reconocimiento natural de quienes veían en él algo poco frecuente: una coherencia absoluta entre lo que se decía y lo que se hacía.
No recuerdo haber estado en los campamentos sin recibir de su parte una invitación amable para compartir el té y la conversación en su casa. La última fue hace apenas unos meses, durante el bautizo de su hijo Hamdi.
La hospitalidad era en él una segunda naturaleza.
Como también lo eran la modestia, la disciplina y la discreción.
Hablaba poco, escuchaba mucho y trabajaba siempre.
Era de esos hombres cuya sola presencia transmite serenidad. De esos jóvenes que permiten reconciliarse con la idea del futuro. Porque representaban una continuidad moral. Porque parecían inmunes a las pequeñas miserias que suelen deformar a las personas. Porque inspiraban confianza.
Un nombre heredado de la prisión
Cuando nació en un campo de refugiados le pusieron de nombre Lehbib, en honor a su tío, que llevaba dieciséis años preso en una cárcel secreta marroquí, y a sus hermanos, Luali y Jalil, como evocación de otros grandes referentes de la causa nacional. De algún modo, desde su nacimiento llevaba inscrita la huella del destino colectivo de su pueblo. Un nombre heredado de la prisión, del sacrificio y de la resistencia.
Antes de llegar a la universidad ya había estudiado y memorizado el sagrado Corán. Más tarde recorrió todos los niveles de formación militar y académica con una facilidad que sorprendía incluso a sus instructores. Era como si absorbiera cada experiencia con la urgencia de quien presiente que el tiempo nunca alcanza cuando la tarea de liberar a un pueblo sigue inconclusa.
Nada parecía llenarle más que el deber.
Nada parecía satisfacerle más que sentirse útil a su pueblo.
Por eso duele tanto su ausencia.
Porque era demasiado joven.
Porque era demasiado necesario.
Porque representaba una de esas certezas sobre las cuales una comunidad deposita parte de sus esperanzas.
Las tres llamadas
En su casa contaban los días para su regreso.
Quizás hoy.
Quizás mañana.
Siempre mañana si no era hoy.
No pudo compartir con los suyos la Fiesta del Sacrificio. Su lugar estaba en otro sitio, con sus compañeros, decía. Allí donde el horizonte se confunde con las posiciones enemigas. Allí donde el silencio del desierto se rompe con el estruendo de la guerra impuesta. Allí donde los hombres desaparecen durante meses, para volver convertidos en noticia o en leyenda.
Precisamente el mismo día de su muerte, cuando nuestro pueblo aún vivía los ecos de la conmemoración del décimo aniversario de la desaparición física de su padre, había llamado tres veces a su casa.
Las dos primeras llamadas estuvieron acompañadas por el bullicio alegre de una jaima llena de familiares y visitantes. Se escuchaban conversaciones cruzadas, risas, saludos y el ruido inconfundible de una familia reunida.
Pregunté por Lehbib.
No estaba.
Pero se le esperaba.
Como siempre.
—Ojalá llegue pronto —me dijeron.
Quién sabe.
Todavía no habían transcurrido dos horas cuando, mientras me disponía a abordar un vuelo en lejanos confines, recibí en mi teléfono una noticia tan breve como una ráfaga.
Fría como un disparo.
—Ha caído en combate Lehbib Mohamed Abdelaziz junto a dos de sus compañeros.
Leí el mensaje una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Como si las palabras pudieran cambiar de significado.
Como si el error fuera posible.
Como si la realidad pudiera rectificarse.
Antes de abordar hice una tercera llamada.
Quizás esperaba volver a escuchar el bullicio de la jaima y descubrir que todo había sido un error.
Quizás necesitaba que alguien me dijera que la muerte se había equivocado de nombre.
Pero ya no había nada que desmentir.
Solo alcancé a pedir para él y sus compañeros honor y gloria.
Lo que los niños saben
Durante las casi dos horas que duró aquel vuelo pensé en Hamdi, su hijo de apenas seis meses. Pensé en Zeinabu, de tres años, y en Argüía, de seis. Pensé en Nanna, que como las mujeres de Esparta sabía que su amado guerrero regresaría con el fusil o sobre él. Pensé en mi amigo Bulahi, su tío y también figura paterna, que a esas horas estaría recibiendo el golpe más duro de su vida. Pensé en el vacío que acababa de abrirse en una familia acostumbrada a convivir con la espera, pero no con la ausencia definitiva.
En cómo explicarían en casa a mi hijo Sidi por qué su amiga Argüía se encontraba con él desde que falleció su padre. En las preguntas para las que los adultos nunca estamos preparados. En cómo protegerla, aunque fuera por unas horas, de las escenas de dolor que envolvían su hogar.
Pero no hizo falta.
Ella misma encontró las palabras.
Con la serenidad que a veces sólo poseen los niños, le dijo a Sidi:
—Mi padre se fue al Paraíso.
Y después añadió:
—Pero todos están tristes en casa.
En aquella sencilla confesión convivían la fe y la ausencia. La certeza de que su padre había alcanzado el destino reservado a los hombres rectos y la realidad dolorosa de una casa que ya no volvería a ser la misma. Porque incluso cuando el corazón acepta el sacrificio de los mártires, sigue sufriendo la distancia irreparable de quienes ama.
El dron, la impunidad y el mediador
Pensé también en aquellos veteranos combatientes, muchos pertenecientes a la generación de su padre, que lo acompañaban a todas partes. Hombres curtidos por décadas de guerra que parecían rodearlo con una mezcla de confianza, respeto y afecto. Como si vieran en él algo que merecía ser protegido. Como si el futuro de todos caminara un poco en sus pasos.
Durante los días siguientes, ya en mi destino, hubo algo que no dejó de sorprenderme.
Parlamentarios, dirigentes políticos y académicos con quienes me reunía comenzaban nuestras conversaciones expresando sus condolencias por la muerte de Lehbib y sus compañeros tras un ataque de drones marroquíes.
Entonces pensé que habían conseguido exactamente aquello que sus verdugos pretendían evitar. Habían llevado la causa de su pueblo mucho más lejos. Allí donde antes apenas se hablaba del Sáhara Occidental, ahora se hablaba de ellos, de la guerra que les fue impuesta y de la resistencia de un pueblo que continúa reclamando su libertad.
Lehbib y sus compañeros habían llevado esa lucha hasta los confines del mundo. Incluso después de caer.
La muerte de Lehbib y sus compañeros no ocurrió en el vacío. Formaba parte de una realidad más amplia: la de una guerra que algunos pretenden ignorar y que sigue cobrando vidas saharauis mientras la comunidad internacional parece más preocupada por administrarla que por resolver sus causas profundas.
Y pensé inevitablemente en el propósito del enemigo.
Porque el proyectil de los cobardes, lanzado desde un dron que acabó con su vida, no iba dirigido únicamente contra un combatiente.
Buscaban alcanzar algo más profundo: la confianza de un pueblo en sí mismo, la esperanza depositada en sus mejores hijos, la continuidad de una generación llamada a conducir la resistencia.
Al día siguiente llegaba una nueva visita del Enviado Personal del Secretario General de las Naciones Unidas, más cómodo últimamente pareciéndose a Paul Bremer que actuando como mediador imparcial para una paz justa. La ocupación parecía querer recordarle cuál es su verdadero proyecto para el pueblo saharaui: no una solución justa, no una paz digna, sino la eliminación sistemática de quienes encarnan la resistencia. Para cuando llegó a los campamentos, cual Estado sicario, Marruecos le había puesto tres nuevos cadáveres sobre la mesa.
Pero mientras más pensaba en ello, más evidente se volvía una verdad antigua.
Los pueblos pequeños a los que se les niega la libertad durante demasiado tiempo terminan encontrando en sus mártires una fuente inagotable de continuidad.
“Está adentro”
Lehbib lo decía con la diáfana claridad de quien habla desde la convicción más profunda:
“El enemigo le quitó a nuestro pueblo su tierra; tenemos que devolvérsela a nuestro pueblo.”
Y entonces regresaban inevitablemente las palabras de su padre:
“Contamos con vosotros. Y sentíos orgullosos de pertenecer al Frente Polisario.”
Hoy ambas voces parecen encontrarse.
Como si una generación hablara a la otra.
Recuerdo la última vez que lo vi.
Ya nos habíamos despedido cuando salió apresuradamente detrás de nosotros para alcanzarnos. Quería saber qué novedades había en nuestra noble causa. Qué ocurría en ese mundo convulso donde la injusticia y la impunidad continúan dictando el destino de tantos pueblos.
Mientras hablábamos, Zeinabu corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.
Temía una nueva partida.
Quizás intuía, con esa sabiduría silenciosa que poseen los niños, que algunos abrazos duran menos de lo que el corazón necesita.
Él la levantó en brazos.
Y nosotros, por alguna razón, ya no encontramos palabras verdaderamente importantes que decir.
Tal vez porque las palabras suelen resultar insuficientes frente a quienes miran a la muerte a los ojos como parte de su rutina cotidiana.
Lehbib parecía caminar siempre acompañado por una inmensa responsabilidad a cuestas.
Todas las veces posteriores en que pregunté por él recibí la misma respuesta:
—Está adentro.
Y ese “adentro” saharaui tiene un significado especial.
Quiere decir lejos.
Quiere decir en misión.
Quiere decir en combate.
Quiere decir exactamente donde la nación necesita a sus hijos.
No desaparecen. Se multiplican.
Toda su formación religiosa. Todo su adiestramiento militar. El destino impuesto a su pueblo. El ejemplo de sus mayores. Todo parecía conducirlo hacia una misma estación final.
La de los mártires.
A costa de la compañía de Hamdi.
A costa de las sonrisas de Zeinabu y Argüía.
A costa del dolor inmenso que hoy deja en quienes lo conocieron.
Pero también con la certeza de que algunos hombres no desaparecen cuando mueren.
Se multiplican.
Permanecen vivos en la memoria colectiva.
Continúan caminando junto a su pueblo.
Este 9 de junio, cuando recordemos a Luali Mustafa Sayed y a medio siglo de sacrificios, el nombre de Lehbib Mohamed Abdelaziz ocupará su lugar entre quienes transformaron su propia existencia en un acto de servicio.
No será recordado solamente como el hijo de un líder histórico.
Ni como un joven brillante.
Ni siquiera como un destacado cuadro político y militar.
Será recordado por algo mucho más sencillo y mucho más grande.
Porque cuando llegó su hora, entregó exactamente aquello que siempre estuvo dispuesto a ofrecer.
Su vida.
Gloria eterna a Lehbib Mohamed Abdelaziz, a Gali Luchaa y a Salek Lahsen, y a todos quienes les antecedieron, en esta larga procesión hacia la libertad.
Mohamed ZRUG
9 de junio, Mesoamérica